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¿Cómo rectificar el rumbo?

Opinión-colorErick Zúñiga

El General Porfirio Díaz falleció el 2 de julio de 1915. Está enterrado en París, en el cementerio de Montparnasse. Ese fue su destino luego de que México se levantara en armas contra el régimen que él encabezó por más de treinta años. El motivo inmediato de su salida fue el descontento propiciado por el fraude electoral registrado entre junio y julio de 1910. Francisco I. Madero, su competidor, declaró agotada la vía pacífica: en el Plan de San Luis convocó a la rebelión que debía estallar en un día y una hora precisa, el 20 de noviembre de 1910, a las seis de la tarde. Y así sucedió. Luego de varios meses de contienda, el dictador optó por abandonar el país el 31 de mayo de 1911.

A 100 años de su muerte, vale la pena recapitular sobre el gobierno que presidió. El porfiriato, quiérase o no, es una etapa relevante en la historia de nuestro país. Todavía hoy se sigue discutiendo, en referencia al régimen de la Revolución, qué tanto hay de ruptura o continuidad entre ellos.

Respecto de las diferencias debemos decir que el sistema político que tuvo vigencia entre 1876 y 1910 se caracterizó por la perpetuación de una sola persona en el poder. En contraste, en el régimen de la Revolución, luego del asesinato del general Álvaro Obregón, el 17 de julio de 1928, hubo regularidad en la sucesión presidencial.

El de don Porfirio fue un régimen personalista. Poco a poco, este hombre fue tejiendo una amplia red de intereses que, en una primera etapa, conformó una coalición de caciques regionales. En una segunda etapa, estableció una aristocracia ligada a su figura (los científicos). Esa élite adoptó el positivismo como ideología. De allí el lema “orden y progreso”.

Casi enseguida de haber llegado al mando contó con la aquiescencia general; el país estaba cansado de tanta inestabilidad: las dictaduras de Santa Anna, la revolución de Ayutla de 1854, la guerra de Reforma, la guerra de tres años, la intervención francesa. Motivo suficiente para desear un gobierno fuerte capaz de resolver el desorden. Sobre el particular Charles Cumberland, dice: “En un lapso relativamente breve, después de su ascenso al poder, Díaz logró el apoyo activo y tácito de la gran mayoría del pueblo mexicano de todas las clases, tratando de atender a los intereses especiales de cada clase. Por medio de esa práctica, acompañada de una política de severa represión contra revolucionarios y bandoleros, dio a México paz, la primera que la nación conocía desde la época colonial, y echó los cimientos de un desarrollo material asombroso.” (Madero y la revolución mexicana, Siglo XXI, 1977, pp. 14-15).

Entre las continuidades podemos mencionar que el régimen de la Revolución heredó del porfiriato el presidencialismo. Como dice Francois-Xavier Guerra: “Punto de anclaje y de equilibrio de todas las cadenas complejas de clientelas y de relaciones, el presidente es el punto central de la vida política.

El sistema político posrevolucionario, sin embargo, no estuvo exento de sacudimientos relevantes como, por ejemplo, el movimiento ferrocarrilero de 1958, el movimiento estudiantil de 1968 y la lucha del Frente Democrático Nacional de 1988. Empero, tuvo la virtud de reformarse. Mediante cambios sucesivos pasó de la hegemonía autoritaria a la pluralidad democrática.

Es preciso resaltar que desde principios de los ochenta apareció una élite tecnocrática similar a aquella de los científicos. Esa tecnocracia ha abanderado, igual que ayer, la ideología del libre mercado. La consecuencia ha sido una peligrosa polarización económica. El ascenso social se ha detenido. Cada vez hay más gente del lado de los perdedores.¿Cómo rectificar el rumbo? Hoy la democraciatiene la posibilidad de autocorregirse. A ver si tiene la fuerza e inteligencia para hacerlo. Es necesario extraer lecciones de la historia.

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