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De cuidado

Opinión-colorErick Zúñiga

En medio de la crispación social se está generando lo que bien podría llamarse, una tendencia al “desorden informativo”. Los medios tradicionales y sus agendas se encuentran desbordados; mientras que por internet circulan de todo tipo de información: desde la de más alto valor científico, literario o periodístico, hasta lo más detestable y ruin.

Frente a la acelerada expansión del uso de las redes sociales hay quienes llevan a cabo afirmaciones fuera de toda proporción. Por ejemplo, frente a los acontecimientos de la llamada “Primavera Árabe”, llegó a sostenerse que “las redes pueden derrumbar gobiernos”.

Nada más falaz. A los gobiernos se les derriba casi siempre con armas, o bien mediante conspiraciones en el más alto nivel político y económico; las redes son instrumentos que en todo caso, pueden facilitar el intercambio de datos y ampliar las capacidades de convocatoria, pero de ahí a que derrumben gobiernos, hay un tramo muy largo.

Hay otros grupos de personas que piensan que lo que ocurre en las redes sociales es espejo fiel de lo que llaman “la realidad”. Se trata de otro grave error de percepción. En México al menos, hay cerca de un 40% de la población que no usa redes sociales; y entre quienes sí lo hacen, es mayoritariamente para intercambiar fotografías, chistes, bromas o archivos entre amigos y familiares.

Lo anterior quiere decir que no necesariamente quienes están conectados al mundo virtual están dedicados a lo que se llama la “ciber insurgencia”, o la crítica frente a los malos manejos del Gobierno, en todos sus órdenes y niveles.

¿Cuántas personas entonces están dedicadas a la crítica social a través de las redes sociales? Es difícil saberlo. Entonces, ¿habría que subestimarlas? Ese sería otro error garrafal, tanto para las y los analistas, como para quienes toman decisiones públicas.

Lo que sucede con la crítica pública en redes sociales es que quienes las utilizan para tal fin, son personas de la más alta escolaridad, con mayores ingresos y por lo tanto también, con mayor capacidad de influencia e incidencia en sus círculos cercanos.

Para dimensionar lo que digo piense por ejemplo que @Anahí, es la figura pública con más “followers” en Twitter. El Presidente de la República (@epn) tiene una cuenta con 3.3 millones de “followers”. Joaquín López Dóriga (@lopezdoriga) tiene 4.4 millones. Carlos Loret (@carlosloret) tiene 4.26 millones; mientras que Carmen Aristegui (@Aristeguionline), cuenta con 2.85 millones de seguidores.

Denise Dresser (@Denisedresserg) tiene 1.1 millones de seguidores; Lydia Cacho (@Lydiacachosi) cuenta con 455 mil seguidores; Julio Hernández López (@julioastillero), tiene 185 mil; John M. Ackerman tiene 155 mil; Héctor Díaz Polanco tiene 22.3 mil.

Para un país con 120 millones de habitantes pareciera no ser mucho; ¿de dónde viene entonces la relevancia de estas personalidades en las redes? La cuestión clave es el llamado “efecto viral”; es decir, si una persona lanza un mensaje en Twitter y tiene, como Denise Dresser, 1.1 millones de seguidores, el alcance potencial de dicho mensaje rebasa los 5 millones de personas (cantidad similar a la población total de Costa Rica).

De ahí que el alcance instantáneo de este tipo de mensajes, sin estar mediados por la radio, la prensa escrita o la televisión, genere un impacto de suma relevancia en la opinión pública; y de ahí que, como lo han mostrado varios expertos, los gobiernos que menos comprenden a las redes y su dinámica, son los que terminan por cometer errores garrafales de diseño de mensaje y agenda, para la población mejor informada y con mayor capacidad de crítica.

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