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De fiesta

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Erick Zúñiga

Este es un día de fiesta. Para algunos. Para los mismos. Quienes se han servido con la cuchara grande y quienes se dan por satisfechos cuando les salpican. Claro que hay quienes son salpicados como si fuesen servidos con cuchara grande. Otros no tanto, pero igual mantienen ánimos de júbilo.

En el Informe, a la mitad de sexenio, se dirá que todo va mejor a lo planeado. No es cierto. Tampoco es cierto que todo lo hecho esté equivocado. Entre ambos extremos existe un equilibrio que es lo más parecido a la verdad: este gobierno es como cualquier otro.

A la cabeza no hay estadistas. Ni aquí ni allá, donde la vista alcanza. Acá hay pillos, pero no más que por otros rumbos. Quizá, y lo planteo sólo como posibilidad, hay diferencia por la posición que ocupan los pillos. Pero en número, conservarán la proporción. Allá, como aquí, (afortunadamente) hay buenos funcionarios públicos: los que hacen girar la rueda, héroes anónimos por quienes los servicios siguen prestándose y un necesario sistema no ha colapsado.

Un gobierno, como cualquier otro. Uno que minimiza sus errores y destaca en primeras planas el mero cumplimiento del deber. Un gobierno que con la publicidad hace de lo ordinario algo extraordinario y publicita las mentiras que requiera para subsistir. Y las repite hasta que no se pueda distinguir ficción de realidad.

Un gobierno que a los suyos les dice encarna el centro del universo. Que ofrece, a quienes le quieren oír, alguna clase de evidencia para sostener que la agenda nacional gira alrededor de sus discursos. Un gobierno que quita y pone, dice.

Un gobierno que encuentra lógicas justificaciones cuando lo pretendido no florece y frente al mal tiempo mantiene buena cara. Que argumenta y abruma, encuentra enemigos y culpables. Este, como digo, es un gobierno como cualquier otro.

De un grupo que, sin tapujos, sabía debía conquistar posiciones. Lo hizo y ahora aprovecha. Estrategia esta que todos han pensado pero pocos han tenido la suerte de ver. La suerte y los recursos materiales. Porque no es producto de algún don extrahumano o carisma sobrenatural. Los gobiernos ordinarios llegan por oportunidad y se consolidan con billete.

En esto tendrán algo de responsabilidad los profesionistas jóvenes con límites autoimpuestos. Aquellos quienes prefirieron un subempleo en la burocracia estatal antes de probar fortuna en otros rubros, otras tierras. Subempleados que complementan su gasto con la informalidad, haciendo pequeñas ventas o sirviendo como puente de trueques de legitimidad cuestionable. Ya que no les dan, que los pongan donde haya. Juventud sin creatividad que reproduce lo que ve.

Ellos, ellas, de la noche a la mañana, se vuelven férreos soldados del régimen. Determinados a demostrar lealtad aun en menoscabo de sus propias convicciones. Con la esperanza de, algún día, estar arriba, se tragan el orgullo y sepultan sus sueños.

Este es un día de fiesta para una administración como cualquier otra. ¿Es que cada quien tiene el gobierno que se merece?

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