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Del centro al mundo: el gran arte ante el pueblo

Clarisa Camargo

En la  fase tardía del crecimiento económico de hace más de un siglo, se vio erigirse el modelo de soberanía mediante el arte nacionalista: la base estereotipada de México ante el mundo, de esta cultura que privilegió cierta clase de discurso oficial sobre los valores de un pueblo con expresiones heterogéneas, se asentaron los modelos formativos e ideológicos de una nación con una visión profundamente sectaria.

El arte popular y la artesanía valorada en este discurso, formó parte de las expresiones de centralidad y periferia, del intento por acceder a la cultura de masas desde una visión que fosiliza los localismos pero es igualmente discriminatoria que el sectario “Gran Arte”contra el “arte del pueblo”, de dimensiones minúsculas y mundanas ante el oficial.

La cristalización de la esfera del arte no nos es indistinta en el ámbito estatal, con mucha significación valoramos un arte de galerías contra un producto artesanal, abaratamos inconscientemente el trabajo de un artífice popular y vemos con distancia todo lo expuesto en galerías, con el ideal romántico de un artista que yace en el pulso divino del genio. Aún si no podemos comprender o sentirnos trastocados por su obra.

La música de cámara, las galerías; el teatro, ballet y cine de “culto” son expresiones del sistema que deifican el “buen gusto”, de corte burgués, contra el gusto popular, poco refinado, conferido a las clases bajas e “incivilizadas”.

Esta visión de falta de cultura, y el término “inculto/a” nos colocan en una dinámica oficialista y, por demás, dispersa respecto de las miles de expresiones de cultura que abastecen nuestros hábitos cotidianos. Cada hábito diario nos coloca en una base cultural profundamente compleja y dinámica, los alimentos que elegimos, la forma en que vestimos, nuestra higiene, todo es cultura.

Al hablar de una visión horizontal de la cultura podemos sumergirnos en una comprensión extensa y formativa de aceptación e involucramiento, de participación de todos los hábitos sin escolarizar los valores altos y bajos. Esto, idealmente, nos haría abrazar un espectro amplio de la realidad sin privilegiar los grados exclusivos y atenuantes que, en otros tiempos, dieron lugar a la separación del hombre “común”en el estado de cultura, a dignificar el valor de las expresiones no oficiales y de los discursos panfletarios del arte decimonónico y, con una convicción sólida en el presente, avecinarse ante la valoración de las periferias, sin gastar en lo deseable e inhumano.

No somos sólo muralismo, ni indigenismo, ni formalismo, ni forma libre; no somos academia y lírica; no somos alto y bajo, somos eso y más.

Estamos en una localidad profundamente compleja, con grandes divisiones al interior, con conflictos iniciados desde la base hegemónica que extrapola los discursos sobre el adentro y afuera de la estética y la vida cotidiana.

Preguntas metafísicas importante ¿qué tenemos que hacer?, ¿a dónde tenemos que ir? Nuestra mala comprensión de las historias oficiales no deberían ser la exclusión completa y llana de todos los recovecos del consumo de las masas. No somos agentes pasivos, atribuimos e interactuamos con toda expresión que entra en nuestro sistema. Y es ahí, donde sin negaciones o anteposiciones, debemos homologar una comprensión extensa de la riqueza de nuestro pueblo. Sólo en esta forma, arribaremos a un deseable cosmopolitismo visionario, sin negación y sin prohibiciones.

Foto cortesía de AbarrotedeDiseño
Foto cortesía de AbarrotedeDiseño

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