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Difícil y complejo

Opinión-colorErick Zúñiga

Hace apenas un año, el presidente Peña Nieto estaba en una situación muy diferente a la actual. Había culminado un primer tercio de gobierno relativamente exitoso. Las reformas estructurales habían sido aprobadas, la política parecía recuperarse como espacio de construcción de acuerdos y de procesamiento de los desacuerdos. Se había constatado una disminución medida de los índices de violencia, a la que se sumaba la captura de capos importantes, empezando por El Chapo Guzmán. El único punto oscuro era la economía, porque continuábamos en la inercia del estancamiento estabilizador, pero se decía que las reformas ayudarían a detonar el crecimiento largamente esperado. En esas condiciones se dio el anterior Informe de Gobierno.

No tuvo que terminar septiembre para que el guión se viniera abajo. La matanza de Iguala llevó al país entero de visita al corazón de las tinieblas y fue un severo recordatorio de que la violencia del crimen organizado seguía, apoyada demasiadas veces en fuerzas policiacas locales. La reacción federal fue tardía y dejó la impresión de que el modelo le había funcionado al Presidente, mientras no se dieran imponderables.

A partir de ahí se generó, entre los opositores más recalcitrantes, la sensación de que el gobierno era menos fuerte de lo que se creía y empezó a ser atacado desde diferentes flancos. A diestra y siniestra.No siempre el gobierno se pudo defender bien. Tampoco fue capaz de mantener con el mismo vigor la propuesta reformista en un año electoral: fue incapaz de superar el ciclo tradicional de hacer política en nuestro país. Y luego le empezaron a llover calamidades.En esas condiciones, le resultará “difícil y complejo” (para utilizar el eufemismo de moda) a Peña Nieto hacer un balance positivo en su III Informe.

En el ámbito de seguridad y estado de derecho, si bien se puede decir que las cifras de violencia siguen a la baja, las condiciones han variado de tal forma que lo cuantitativo ya no importa tanto. La certeza de colusiones —así fueran en el nivel más bajo de gobierno— con el crimen organizado obligaba a una estrategia de gran fondo, que no ha podido llevarse a cabo —o ha quedado relegada por lo urgente—. Para colmo, la perla de la corona, que era la captura del Chapo, se convirtió en un fiasco monumental con su huída.

Otro elemento central del estado de derecho es la igualdad de las personas ante la ley. Aquí también, a pesar de avances visibles —pienso en el nuevo sistema de justicia penal, que está por dar sus frutos—, seguimos en la misma situación: la ley funciona mejor para unos que para otros, y no falta el poderoso para quien la ley se interpreta de la manera más benévola. Eso es algo que sabe bien el propio Presidente, y que requiere una transformación que vaya más allá de la retórica.

Pero el problema más “difícil y complejo” está en la economía. Los tremendos ramalazos que está dando la recién nacida crisis china tal vez puedan servir de argumento coyuntural, pero el caso real es que la cosa iba mal desde antes. Sólo que ahora pinta peor.

La mera inercia del bajo crecimiento económico —apenas similar al del aumento de la población— ya había dejado como saldo un aumento de dos millones de pobres, según datos del Coneval. Los salarios reales siguen a la baja, la competitividad no crece, el mercado interno está estancado, el crédito sigue siendo mayoritariamente a través de proveedores (que es una manera de forzarlos a no capitalizarse jamás).

La caída en los precios del petróleo, que se agudiza con las previsiones de un crecimiento económico mundial muy inferior a lo estimado, ha forzado a una revisión de los gastos del gobierno. Pudiera ser la oportunidad para un golpe de timón. No lo habrá, desgraciadamente. Y es que, cuando no hay guión, todo se vuelve complejo y difícil.

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