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EDITORIAL

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Macabra realidad

En el mundo hay cada vez más conciencia del daño que el modelo de producción intensivo le está generando al planeta. Toneladas de basura en el Pacífico Norte han sido arrastradas por las corrientes marinas hasta formar un inmenso territorio de desechos que visto desde arriba semeja un continente que metafóricamente se representa de color negro, vastos territorios de selva y bosques se pierden minuto a minuto de manera brutal, no sólo en el Amazonas, sino en nuestro país.

Por otra parte, aunque hay desarrollos tecnológicos de energía más limpia y de baterías de larga duración que al término de su ciclo impactan al ambiente de manera menos lesiva que los prototipos de hace algunos años, el petróleo sigue siendo la fuente de energía más recurrente. Poco importa que su uso y explotación dañen al ambiente, como lo hacen también la extracción de gas natural o la minería a cielo abierto.

Esa macabra realidad que destruye al planeta, que genera desigualdades sociales y gobiernos agachones sometidos a las necesidades de un puñado de empresas que son en sí mismas el nuevo estado salvaje, está encontrando muchas formas de resistencia pero también de organizaciones constructivas más conscientes de que este modelito depredador no puede seguir así por muchos años.

De las formas de resistencia, he dado cuenta en muchos artículos, y por supuesto que lo seguiré haciendo. Resistir la explotación de nuestro entorno y contribuir a generar un cambio de paradigma en el modelo de desarrollo, pueden ser dos actividades que vayan de la mano.

Sería lo ideal pero no siempre es así. A veces se invierte mucha energía en la resistencia y a veces ciertas personas se mueven con más facilidad en la generación de propuestas porque no les interesa la resistencia o incluso tienen miedo o se encuentran en una situación en la que la resistencia les puede resultar adversa.

Lo cierto es que en todos los continentes la conciencia por el futuro de la tierra y el modelo de desarrollo que se la está llevando al demonio, va en aumento. Hay muchos indicios de este cambio. Uno muy burdo en el que no había reparado hasta que leí un amplio artículo sobre el llamado “marketing verde”, lo vemos en los empaques y envases de productos que sin ser orgánicos ni estar certificados como tales, están diseñados con colores verdes y emplean en su publicidad palabras como sano, saludable, energético, etcétera, aunque su consumo contribuya a elevar la obesidad del país.

En México, y por supuesto en Chilangolandia, existen iniciativas de carácter personal, familiar, vecinal, étnico, académico y empresarial que están pensadas para practicarse en entornos relativamente amigables con el ambiente.

Por supuesto que muchas de estas propuestas son embriones de proyectos que podrían ser mucho más ambiciosos y en la mayoría de los casos no está implícita de manera integral la visión de sostenibilidad.

Pero es suficiente con echarnos un clavado en la red, para que descubramos una gran cantidad de interesantísimas propuestas que merecen conocerse: sistemas de aire acondicionado hechos con una hielera, un ventilador de celdas solares y un codo de PVC, calentadores de agua solares caseros, interesantísimos sistemas de cultivo para espacios reducidos, propuestas de recuperación, filtrado y aprovechamiento de aguas grises o pluviales, propuestas para agregarle un motor eléctrico a una bicicleta convencional y hasta videos de gente, como dice el lugar común, “de a pie”, que convirtió su viejo automóvil en un vehículo eléctrico. Sobre algunos de estos casos, y una idea que discutí con unos amigos que están más sintonizados con la parte creativa que con la resistencia, que también es creativa y la respeto, escribiré en entregas posteriores.

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