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El mismo destino

 

Opinión-colorErick Zúñiga

Jean Starobiski utilizó el título “La transparencia y el obstáculo” para encabezar su libro sobre Jean Jacques Rousseau quien pensó a la democracia como un régimen que debía ejercerse a la vista de los ciudadanos, en la asamblea popular a la que debía rendir cuentas los funcionarios públicos. Según el ideal que se forjó Rousseau, el poder Legislativo, como poder soberano, debía deliberar a la luz del día para que los allí reunidos pudieran verse y no hacer trampas. En la democracia bien practicada se podía alcanzar la máxima realización del ejercicio de la libertad política (también conocida como “libertad positiva”, aceptada e introducida en su sistema de pensamiento por un liberal ilustrado como Immanuel Kant), en cuanto participación en la formación de las decisiones colectivas (Volonté Générale).

El propio Rousseau afirmó: “Las leyes son la expresión de la voluntad general.” Toda desviación de lo que dispone la norma jurídica es una dislocación de lo que los ciudadanos, en primera persona o a través de sus representantes, ordenan. De allí que se daba estar atentos a que se cumpla el mandato jurídico porque, a fin de cuentas, es lo que mandata el poder soberano. El máximo grado de realización de la democracia coincide con la máxima transparencia en el ejercicio del poder político.

¿Qué es lo que impide llevar a cabo la voluntad general? El obstáculo mayor es la ambición personal. O sea, lo que da al traste con la democracia es la apropiación privada de los bienes públicos, la corrupción. Quien lleva a cabo esa práctica actúa con sigilo, en silencio; opera en las sombras, lejos de la mirada indiscreta de la gente común. La carcoma que enferma y pudre a las instituciones públicas es el patrimonialismo que se filtra en ellas; vale decir, la creencia de que se llega al poder para abusar de él, no para servir a la nación.

Pues bien, con este telón de fondo como explicación acerca de la “transparencia y el obstáculo”, tenemos que México transitó a la democracia después de una larga etapa de gobiernos presidenciales-autoritarios con base en dos procesos paralelos: de una parte, luchando a brazo partido para que tuviésemos elecciones libres y competidas; de otra parte, exigiendo la erradicación de la ancestral corrupción que pesa como loza sobre: nuestra forma de pensar en cuanto sociedad; la manera de hacer política, y nuestras sufridos órganos de Estado.

Es un hecho que hemos avanzado más en el primer rubro (las elecciones) que en el segundo (el combate a la corrupción).

Respecto de la lucha contra la deshonestidad pública, sabemos que, lo largo del tiempo, se ha propuesto muchas fórmulas, pero ninguna ha sido efectiva, acaso porque ninguna se planteó de manera integral una solución de fondo. Debemos reconocer, sin embargo, que algo de mayor calado se está intentando al crear el Sistema Nacional Anticorrupción y el Sistema Nacional de Transparencia.

Dicho esto, la cuestión es que los partidos no gozan de buen prestigio en México. La percepción es que son entidades corruptas, a las que únicamente sobrepasan en ese rango las policías. ¿Cómo mejorar la imagen de los partidos? Con hechos palpables. Ayudándolos a rendir cuentas. Y eso es lo que está en la jurisdicción del IFAI. La ponencia del Comisionado Francisco Javier Acuña Llamas quedó a cargo de esa delicada función. Hoy los partidos políticos tienen la oportunidad de revertir la percepción que la ciudadanía tiene de ellos.

Norberto Bobbio afirmaba, parafraseando a Rousseau, que la democracia es “el ejercicio del poder público en público”. Para que se entienda mejor el aparente enredo lingüístico: la democracia es el ejercicio del poder político a la vista de todo mundo. Bueno, pues los partidos deben redoblar el esfuerzo de transparencia; mostrar fehacientemente que no hay impedimento para rendir cuentas. Así, ayudarían a nuestra alicaída democracia a subir sus bonos en la percepción ciudadana.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Para una democracia auténtica

El continente americano es la región más desconfiada del mundo. En este contexto, México ocupa el último lugar en satisfacción con la democracia. Algunos resultados electorales y las altas expectativas que generan las candidaturas independientes —muchas de ellas se desinflarán como globos con el ejercicio del poder—muestran la desconfianza de los mexicanos en sus instituciones en general, pero, sobre todo, en los partidos políticos, los legisladores y las fuerzas de seguridad pública, entre otras instancias. Dicen los que saben que esto es muestra de un malestar con la democracia, por no brindar soluciones a la pobreza, la corrupción y la desigualdad social, entre otras cosas. Pero mejor vamos por partes:

De acuerdo con el estudio “La confianza en América Latina 1995-2015”, de Latinobarómetro —en su indicador de confianza interpersonal— sólo 17% de los latinoamericanos dice que se puede confiar en un tercero. Con respecto al rango de confianza en las instituciones de la democracia (gobierno, Congreso, Poder Judicial, partidos políticos, Estado y Presidencia), durante los últimos 20 años este indicador no supera el 40 por ciento (sólo cuatro de cada 10 latinoamericanos confían en las instituciones de la democracia).

Confianza en las instituciones electorales. En 2006, a mayor edad y educación, había más confianza en el tribunal electoral. Para 2015 eso ha cambiado, y son los sectores más jóvenes los que muestran más confianza, aunque en una proporción mucho más modesta. En educación, la relación sigue siendo directa, es decir, a mayor educación, mayor confianza en la institución electoral.

Mientras la confianza en las instituciones de la democracia tiene una evolución constante sin que existan relaciones evidentes de este indicador con el vaivén de la economía, en la confianza en los medios de comunicación sí se observa una relación entre la evolución de la economía y la de la confianza. Esto se ve más concretamente en la confianza hacia la radio, que aumenta de 46% en 2003 a 69% en 2006, durante lo que ha sido llamado el quinquenio virtuoso, un súper ciclo económico en que toda la región americana experimentó un crecimiento sin precedente histórico. La caída de la confianza en la radio a partir de 2006 coincide con la crisis de Lehman Brothers, al igual que la última disminución de los años 2013 y 2015 se relaciona con el fin del súper ciclo. En otras palabras, los porcentajes de confianza en estas instituciones están ligados al vaivén de la economía. Lo mismo se puede decir de la televisión, pero no de los diarios. Estos se comportan de manera distinta e independiente de la evolución de la economía.

El Informe “País: Sobre la Calidad de la Ciudadanía en México”, elaborado por el Instituto Nacional Electoral, muestra cómo nuestro país se encuentra entre los que tienen más altos porcentajes de corrupción. Sus habitantes solemos decir que tenemos un gobierno corrupto y que no creemos en las instituciones, pero quizá poco advertimos que generalmente tampoco confiamos en ningún otro mexicano. Entre las respuestas, destacan las que revelan que sólo 18% de los mexicanos confía en sus diputados, cinco de cada 10 piensa que los políticos no se preocupan por la población, 54% opina que de nada sirve ir al Ministerio Público para resolver un delito y casi cuatro de cada 10 dice que en el país se respetan poco las leyes.

Lo más importante de ese análisis es que siete de cada 10 mexicanos desconfía de la mayoría de las personas, lo que muestra que la desconfianza no es solamente frente al gobierno, sino hacia la mayoría de la sociedad.

Estos datos son el resultado de la incontrolable desigualdad económica y social que existe en México, del nulo crecimiento de la economía a pesar de las reformas estructurales, de los actos de corrupción de los primeros órdenes de gobierno y de la impunidad que prevalece como respuesta a estos actos.

Invitación a reflexionar

Leí hace unos días que la vida pone a todos en su sitio, especialmente a los soberbios, por ello el hacer este artículo me lleva a reflexionar sobre la necesidad de la búsqueda de la serenidad, del autocontrol y la felicidad, que no lejano al contenido que manejo en cada uno de mis artículos; impera en mí la necesidad de la búsqueda profunda del valor que como seres humanos tenemos, que hemos olvidado, o simplemente guardamos en nuestro interior porque aún estamos despertando, seguimos somnolientos o entramos a la dinámica de la propia actividad profesional.

El orgullo y los halagos con mayor frecuencia nublan nuestra razón y nos volvemos vulnerables cuando somos manipulados por el odio, el dolor, la envidia o la ignorancia.

La soberbia es aquella parte de nosotros mismos que se interpone en el camino de nuestra conexión con nuestro interior, la gran posibilidad de buscar la felicidad, la paz y la responsabilidad auténtica de una construcción colectiva a favor de muchos, pero principalmente de uno mismo; si le quitamos el control al ego, a la soberbia y te digan primero en suaves susurros y después a gritos emocionales que no tienes el derecho a la posibilidad de ser feliz, de luchar, de defenderte; se les olvida que es una decisión emitida únicamente por nosotros y que podemos aspirar sin sufrimiento a ignorar conscientemente sus demandas para poder recibir de la lucha individual una respuesta colectiva, pues no importa cuánto has caído, siempre, y digo siempre; tendrás el poder de cambiarlo todo.

El mal reside en cada uno de nosotros nos instiga, atemoriza, amenaza y nos debilita, ése podría ser nuestro fin únicamente si somos débiles, sólo en ese caso entonces merecemos la derrota y no por equivocarnos o a veces suponer estar vencidos, sino porque permitimos que siga susurrándonos al oído palabras que ignoramos como preocupación, miedo, decepción, culpa, y entonces sólo entonces al menospreciar la fuerza del enemigo: la altanería y la soberbia quienes cobran un precio excesivamente caro ganan la partida.

Las leyes tienen un espíritu que va más allá de las palabras, de las normas establecidas y las mismas se encuentran en el Universo, en la Tierra y en los hombres.

Es elección propia

¿Pero de qué sirven las leyes mismas si aquellos que las hacen respetan sólo algunas y no todas ellas sin importar su origen?

Si no nos mostramos fieles y honestos a nosotros mismos, la esperanza se diluye, si por el contrario logramos mantenernos congruentes, lo demás vendrá por sí solo.

Por ello, influir en el presente y transformarlo nos permitirá interferir en el futuro y sólo entonces la frase de José Saramago sobre “La historia fue vida real en el tiempo en que aún no se la podía llamar historia” tendrá sentido.

Es el momento exacto de saber de qué están hechos nuestros espíritus, pues en el momento en que nos convertimos en seres despiertos y conscientes de nuestras acciones, de nuestra vida con la valiente aceptación del mal como existencia, debilitamos la ira, el egoísmo, la venganza, el cinismo, la autodestrucción, el falso orgullo.

El mal es quien busca que perdamos en nuestras debilidades la fortaleza del espíritu, estamos atrapados en una lucha mortal, pero aunque es nuestro oponente en el juego de la vida, también el sabe que fue creado para ser vencido.

Generalmente resistimos y nos excusamos ante todo lo malo que imaginamos nos sucede y nos autonombramos víctimas de lo que creemos está sucediendo, pero cada mujer y hombre que agradece y aprecia cada oportunidad vivida nunca es una víctima, sólo elige entrar a un proceso donde la mejor bendición es aprender a reconocer al mal como al mejor adversario para ser vencido.

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