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El valor de tu voto

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Cuando de niños se nos enseña el significado del dinero, quedamos invariablemente intrigados con este extraño trueque en el que unas piezas grabadas son intercambiables por todo el espectro de mercancías posibles.

De hecho, lo fascinante es averiguar que todo lo que vemos, todo lo que conocemos, todo lo que hay en la casa (la casa misma) se compró con dinero.

—¿Entonces el dinero puede comprarlo todo?

—Bueno, casi todo, hijo.

—¿También puedo comprar amor?

—No, el dinero no puede comprar amor, pero puede conseguirte algo más bonito y duradero.

Curiosos y recién iniciados en las operaciones mercantiles, nos encanta ir a la tienda más cercana a probar nuestras recién descubiertas facultades de marchantes. Peso que cae en nuestras manos, corremos a gastarlo cuanto antes.

Claro, nuestra noción del valor de las cosas es aun muy pobre y es común requerir la asesoría del tendero y, al tiempo que con la palma abierta le exhibimos el total de nuestro capital, le inquirimos: “¿Qué completo con esto?”.

Así de novatos, así de inexpertos, igual de torpes y principiantes, como chiquillos primerizos nos apersonamos frente a la urna seductora y son nuestras ganas de preguntar al funcionario de casilla “¿para qué me alcanza con mi voto?”. Y es que nuestro derecho al voto es aun de muy reciente adquisición.

El concepto de elecciones libres y democracia nos resulta tan novedoso como es para un niño el concepto del dinero, y vamos que lo de “libres” es muy discutible todavía. Hay que recordar que aunque en México se celebran comicios desde sus orígenes como República, no fue sino hasta finales del siglo 20 que el sufragio cobró algo de valor y una relativa importancia en la configuración de nuestros gobiernos.

Durante todo el periodo Postrevolucionario y hasta el Salinismo tardío, lo de sufragar fue letra muerta o, mejor dicho “voto estéril”, por una cortesía y amable patrocinio del PRI. Y si hoy en día es relativamente posible elegir a nuestros mandatarios y representantes, lo cierto es que aun es un derecho bastante condicionado por la predominancia de una mayoría pobre e ignorante.

Pero digamos que usted como cualquier otro mexicano, novicio en cuestiones electorales desea ejercer su voto de la manera más provechosa posible. ¿Qué hacer con él? ¿Cómo utilizarlo “tipo bien”? ¿Por quién votar, pues? Hay diversos enfoques según su filosofía cívica. Yo por ejemplo (lo he dicho hasta el hastío), soy un abstencionista contumaz porque, sin importar quien resulte electo, al que llegue al poder sea quien sea y del partido que venga, hay que cuidarlo como si fuera el peor caco (o “caca”, si es digamos diputada) y lo hubiéramos puesto a despachar en nuestra joyería.

Ahora, quizás usted quiera anular su voto en la creencia de que es una manera de castigar a los partidos políticos y que ello les puede impactar en su presupuesto (que reciban menos recursos públicos). Pero resulta que no; un experto nos dice que aunque la votación sea ínfima, los partidos igual se repartirán el queso en forma proporcional, así que nos insta a votar “por el menos peor”, lo que me parece legítimo aunque en todo caso lamentable.

Si su decisión es no votar o anular, tampoco permita que nadie le regatee sus derechos. Usted puede y debe exigir como el que más. No se trague las falacias de los institutos electorales.

Educación sin planeación

Nadie lo duda: la educación constituye el instrumento privilegiado de la igualdad, el principal motor de la movilidad social y la apuesta más importante que las sociedades democráticas puedan hacer de cara al futuro. Imposible pensar en un proceso de transformación comunitaria si no es a partir de una fuerte inversión en educación.

Y no se trata, desde luego, de una simple intuición o de un buen deseo basado en consideraciones románticas. Las evidencias acumuladas a lo largo de la historia son contundentes: aquellas sociedades que han avanzado en sus proceso de desarrollo lo han hecho a partir de invertir y apostarle a la educación.

En México también se sabe lo anterior y, al menos en apariencia, por ello se han realizado crecientes inversiones en la materia y, desde hace algunos años, se han alcanzado los estándares internacionales en términos de la cantidad de recursos -respecto del Producto Interno Bruto- que se recomienda canalizar a la educación.

Sin embargo, al mismo tiempo que la inversión en educación parece adecuada en nuestros País -en términos cuantitativos- la totalidad de los diagnósticos realizados al respecto coinciden en señalar que los recursos destinados a este propósito están mal invertidos.

El resultado de ello es tan simple como decepcionante: nuestro País ocupa uno de los últimos lugares en materia de calidad de su sistema educativo, por debajo incluso de naciones que destinan porcentualmente menos recursos que nosotros a este rubro.

¿Por qué pasa esto?Los expertos coinciden en señalar la inexistencia de un sistema de planeación educativa y la ausencia de proceso rigurosos de evaluación de la calidad como factor relevantes de esta realidad.

Hoy, de acuerdo con los responsables del sistema educativo estatal, “a nivel central” se ha tomado la decisión de eliminar las asignaturas a diversas actividades extracurriculares -que incluyen diversa manifestaciones artísticas- de los planes de estudio del nivel secundaria.

Con ello, muchos de los contenidos a los cuales los alumnos de educación básica acceden a través de los denominados “clubes”, simple y sencillamente desaparecerán de la currícula de las escuelas en virtud de una decisión que las autoridades educativas no creen necesario explicar.

La pregunta es, ¿quién planea la educación en nuestro País y en nuestro Estado?, porque decisiones como ésta parecieran dejar claro que quienes se encuentran a cargo de tal proceso carecen de la más elemental idea de lo que implica construir un sistema educativo capaz de contribuir al progreso colectivo.

Buena racha

Claudia Ruiz Massieu, secretaria de Turismo, realiza una visita de trabajo a Brasil.

Viaja dentro de la comitiva del canciller José Antonio Mede, con el propósito de incrementar el número de visitantes brasileños a nuestros principales destinos turísticos del país.

En el entorno del viaje se dio una buena noticia: México ascendió 14 posiciones en el Índice de Competitividad de Viajes y Turismo

Hoy está en la posición 30 del ranking. Falta mucho por hacer, el lugar ocupado lo dice, pero vamos en la ruta correcta.

No hace mucho tiempo, en el 2007, el país ni siquiera era considerado en el ranking, pues estaba por debajo del lugar 49.

La competitividad es el arma, no tan secreta, para prolongar la buena racha del turismo.

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