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¿En verdad vale la pena?

Opinión-colorErick Zúñiga 

Una pregunta ineludible que debemos hacernos como humanidad es la siguiente: ¿seremos considerados como una sociedad modelo en el futuro? Ante las voces cínicas que claman que el capitalismo está a punto de abrir el cerrojo de la puerta que se antepone a la felicidad, valdría la pena cuestionar si nuestro modelo civilizatorio es digno de ser emulado o replicado en el futuro.

Hay quienes pensamos que nos hemos convertido en una sociedad decadente y bárbara, en la que los antivalores se han encumbrado como patrones de conducta masiva. Poseer riqueza por vanidad y codicia; alcanzar el poder a costa de todo y de todos; cultivar estereotipos de belleza que antes bien son el reflejo famélico de la falta de vigor y salud; y suma y sigue…

Si nos preguntásemos cuál es el ideal civilizatorio de las sociedades capitalistas tardías, la imagen no podría ser otra sino la deformada figura que Walt Disney construyó en torno al señor Ebenezer Scrooge; seres ricos, portadores de la mayor de la miseria humana.Ha habido pocas civilizaciones con ideales civilizatorios superiores. En la sociedad espartana, por ejemplo, el ideal era: “Exceso de fuerza física y superioridad espiritual”, lo cual implicaba dedicarse a una vida contemplativa, pero también práctica, en aras del bienestar del Estado.

En algunos periodos -breves todos- del imperio Romano hubo destellos de luminosidad; por ejemplo, durante el mandato de Marco Aurelio se impulsó una idea civilizatoria basada en una moral que promovía los valores de la lealtad, la generosidad y la templanza en el carácter.Algo similar apareció en el llamado “renacimiento carolingio”: un ideal de sociedad sustentado en la alta cultura; en el desarrollo y práctica de las bellas artes; en la disciplina física y espiritual; y en la educación de la mayoría.

Si algo han tenido en común estos modelos ha sido una apuesta social por la educación y un desprecio colectivo ante la ignorancia; y no es que en Grecia o Roma todas y todos fuesen sabios o aspirasen a serlo, pero sí se asumía que la sabiduría constituía la mayor virtud ciudadana posible, y por lo tanto, que era deseable contar con la mayor cantidad de sabios a fin de garantizar lo mejor para la colectividad.

En nuestras sociedades, si consideramos esta ruta, vamos por muy mal camino. Hemos apostado por un modelo social en el que lo prestigioso es poseer riquezas materiales y poder público sustentado en la corrupción y el abuso constante del poder; en la reproducción de estructuras económicas para la desigualdad; y en la pauperización, que a veces pareciera deliberada, de las mayorías.

Por ello es válido preguntarnos: ¿de verdad vale la pena seguir promoviendo un modelo de desarrollo que depreda tanto a las personas como al medio ambiente? ¿Es ético continuar garantizando el bienestar y el desarrollo para unos cuantos, incluso a costa de la viabilidad ecológica del planeta?

Tenemos que atrevernos a pensar distinto. La economía nos dice que los bienes son siempre escasos, pero la FAO, por ejemplo, nos dice que tenemos capacidad para producir alimentos para 12 mil millones de personas; sin embargo, hay más de 800 millones en situación de hambre.La economía nos dice que los mercados tienden al equilibrio y con base en el egoísmo se genera el bienestar colectivo; sin embargo, en un país como el nuestro los cuatro súper ricos pasaron de tener fortunas equivalentes al 2% del PIB en 2002, al 9% en 2014.

Hay supuestos que se hacen pasar por científicos, pero no pasan en realidad de ser mera ideología, en la academia la mayoría lo sabe; la cuestión compleja es hasta cuándo aparecerán los liderazgos políticos que asuman el reto de cuestionar lo más elemental y de regresar a lo básico, que no consiste en procurar que la gente sea feliz.

 

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