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Errores que dejan experiencia

 

OpiniónErick Zúñiga

Hay modelos —formas de pensar y de organizarse— que durante un tiempo parecen funcionar, pero poco a poco van mostrando sus debilidades, hasta que entran en una crisis que obliga a repensarlo todo de nuevo. En estos días nos ha tocado ver dos ejemplos de modelo que están demostrando ser fallidos. Crónica les ha brindado particular atención. Uno tiene que ver con el modelo de desarrollo sustentado en el petróleo, que ha tenido efectos negativos a nivel nacional, pero totalmente devastadores a nivel local.

El descubrimiento, hace décadas, de los ricos yacimientos de Cantarell hizo creer, en una suerte de ejercicio del delirio, que tendríamos —palabra de JLP— que aprender a administrar la abundancia. Por supuesto, no aprendimos. No sólo porque la abundancia nunca fue tal en medio de un país lleno de necesidades insatisfechas, sino también porque hubo hacia el petróleo una actitud equívoca: servía como mecanismo de financiamiento público, posponía al largo plazo (que ya nos alcanzó) la necesidad de una reforma fiscal responsable y dejaba también para después el uso racional de los recursos. Simultáneamente, la retórica nacionalista petrolera se desplegó a todo lo que daba.

Se derivaron un modelo de crecimiento nacional que no hacía las cuentas claras con la debilidad fiscal del Estado y un modelo de crecimiento local, en las zonas petroleras, de absoluta depredación, que muy pocas veces apostó a algo que no fuera el oro negro, y fue incapaz de conformar comunidades que aprovecharan otro tipo de riquezas (naturales, culturales, empresariales).

El espejo es Ciudad del Carmen, empobrecida con la crisis de Pemex, pero sobre todo incapaz de pensar en otra cosa que no sea el regreso del auge petrolero que, a diferencia de las oscuras golondrinas, no volverá.  Los dramas vitales relatados en las crónicas de Daniel Blancas nos dicen, sí, de una población desesperada, pero también —y sobre todo— de gente que parece no tener guía, que busca una solución desde afuera, o un milagro.

El problema es que las soluciones de fondo no pueden venir desde afuera. La Sedesol tiene un Programa de Empleo Temporal que puede ayudar a mitigar la situación, pero que —como su nombre lo indica— no está pensando más que como solución de coyuntura.

Tendría que haber un reaprovechamiento de los escasos recursos existentes —naturales, humanos y de capital—, un replanteamiento realista de las posibilidades para salvar lo salvable. Pero eso implica pensar fuera del círculo.

Lo mismo vale para el país entero. Hemos avanzado en la diversificación económica. La dinámica del producto no depende tanto del petróleo. Pero los avances fueron menores en materia presupuestal. Ya es impensable pensar en Pemex como la gallina de los huevos de oro. Malamente sobrevive y requerirá de un tiempo para volver a ser auténticamente productiva.

Esa crisis es peligro y oportunidad —dicen los clásicos—; debería ser ocasión para replantear todo el modelo de crecimiento del país, a favor de uno que piense más en el mercado interno, en la superación de la desigualdad extrema y en una economía plenamente diversificada.

El otro modelo cuya crisis se ha hecho evidente es el de la megalópolis capitalina —que a su vez es hija de nuestro centralismo económico y político—. Ha habido en el crecimiento de la urbe dos elementos que han corrido de manera paralela: el malentendido de la modernidad como sinónimo de autopistas, rascacielos y cemento, y la expansión desordenada del área urbana, sin una definición clara de cuáles son zonas habitacionales, industriales, comerciales, áreas verdes y espacios públicos.

El problema de la capital requiere, como en el caso petrolero, pensar fuera del círculo. Los viejos modelos ya dieron de sí. Y fallaron.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Sin avances

La desaparición de los 43 jóvenes estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa marcará para mal al gobierno de Enrique Peña Nieto. A estas alturas no parece haber forma de evitar tal juicio histórico. Con o sin razón, en el imaginario ya ha permeado la idea de que se trató de un crimen de Estado.  Paradójicamente, tal señalamiento es desproporcionado e inexacto, ya que el gobierno federal no tuvo responsabilidad directa en los referidos acontecimientos.

La reacción inmediata del gobierno federal fue tibia y vacilante. Incluso la dirigencia perredista y el ex gobernador Ángel Aguirre tuvieron mejores reflejos. A los Chuchos el gobierno les mandó varios salvavidas, eran las postrimerías del Pacto por México y había que pagar deudas. Se les abrió una rendija y salieron ilesos.

Hoy nadie señala responsabilidad alguna de Navarrete, hasta un prominente miembro de este grupo político, Jesús Zambrano, es presidente de la Cámara de Diputados. Nada mal para el tamaño del desaguisado. Por su parte, el ex mandatario Ángel Aguirre, como las avestruces, hundió la cabeza en la tierra y desapareció de la escena, en tanto la crisis quedaba enteramente endosada a la federación. Ver para creer, en breve, Aguirre Rivero presentará un libro en el cual dará su peculiar versión de los hechos, obviamente, manejará la situación para salir como campeón. Todo un potencial acreedor al Nobel de la Paz.

Pareciera que desde 2014 el gobierno de Peña Nieto decidió comerse entero y sin compartir ese descompuesto potaje y hoy está metido en su propio laberinto de la soledad. Quizá el más costoso error fue haber apostado a la imparcialidad y buena fe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI).

En noviembre de 2014, el entonces procurador general Murillo Karam, en aras de aminorar la desconfianza que pesaba sobre su pesquisa, solicitó la colaboración de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Fue entonces que se acordó la conformación del referido GIEI, mismo que se supone blindaría a la investigación y garantizaría el cumplimiento de estándares internacionales. Este supuesto anclaje resultó un verdadero clavo ardiente, que hoy tiene en vilo a las indagaciones. El GIEI se ha convertido en el principal promotor de la hipótesis del crimen de Estado y da la impresión que arribó a esa conclusión producto de un juicio de valor y no de evidencia empírica sólida.

Tardíamente el gobierno federal ha decidido enseñar los dientes al GIEI. El titular de Gobernación, Osorio Chong, ha adelantado que el convenio de colaboración vence en abril y que no habrá prórroga. De la misma manera, la PGR propició las condiciones para que se hiciera público el denominado tercer peritaje, mismo que contraviene las conclusiones del especialista del GIEI, José Torero, al apuntar que hay evidencia que permite sostener que en el basurero de Cocula existió “un evento de fuego controlado de grandes dimensiones”.

En reacción a lo anterior, el GIEI ha planteado una virtual ruptura con el gobierno federal, aduciendo que fue unilateral la presentación del referido tercer dictamen. Previsiblemente, las conclusiones de cierre de trabajos del GIEI serán muy rudas y no habrá rubor para exhibir a las instituciones del país. Hay ruido para rato y la federación seguirá contra las cuerdas.

Cabe recordar que en esta semana la Comisión del Legislativo encargada de darle seguimiento al caso Ayotzinapa entrevistará a Murillo Karam y que el miércoles la Universidad de Innsbruck dará a conocer los resultados de los estudios que hizo sobre los restos humanos encontrados en el Río San Juan. Cualquier elemento será usado por el GIEI para golpear. Un desafortunado control de daños desde el origen es hoy el principal dolor de cabeza del gobierno federal.

 

Reflejo social

Internet cambió los paradigmas de comunicación e información. La red de redes conectó al mundo, rompió barreras geográficas y temporales.

Transformó la forma en que nos relacionamos unos con los otros. Por primera vez, un medio de comunicación dio voz a los ciudadanos. Cambió las reglas del juego. El usuario es el eje principal de la web; a partir del usuario se configuran los contenidos, el diseño, las decisiones. Esto supuso un cambio enorme con respecto a los modelos dominantes en el pasado, donde el usuario tenía un papel de espectador, de receptor sin posibilidad de producir e interactuar.

Las tecnologías de la información y la comunicación han avanzado rápidamente. La tecnología permea en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Desde la política hasta las relaciones interpersonales. Gracias a la web y el internet estamos viviendo una nueva era de la información que en lo teórico apuesta por una sociedad del conocimiento. Pero en lo práctico, la complejidad de los procesos sociales, políticos y económicos invocan a un proceso mucho más lento. Todavía nos falta aprender a navegar en un mar lleno de información, pescar lo importante y desechar lo irrelevante. La web es una plataforma de participación colectiva. Un espacio autónomo. Un lugar sin límites establecidos. O al menos así fue concebida por su creador Tim Berners-Lee.

La web ha ayudado a movimientos sociales a organizarse. Casos como el movimiento 132, la primavera árabe, las protestas Euromaidan de Ucrania y muchos otros. Utilizaron internet como soporte de comunicación, que les permitió crear grupos, calendarios, difundir información. Sirvió para articular la indignación ciudadana y darle rumbo.

Técnicamente, internet permite crear un mundo mucho más justo, libre, abierto y hasta democrático. Pero la web e internet son un reflejo de la sociedad. No opera en el vacío, sino en una comunidad determinada, con valores y prejuicios, que traslada su visión del mundo a la red.

La sociedad no ha avanzado tan rápido como la tecnología. Seguimos repitiendo los mismos sistemas culturales en internet. Las acciones de apoyo, solidaridad hasta la discriminación, los delitos y, en general, los males comunes de la sociedad se reproducen en la web. Porque como bien dice Vinton Cerf, el llamado padre de Internet y jefe de Evangelización de Internet en Google: “internet es el espejo de la sociedad que lo usa”, “si te pones delante de un espejo y no te gusta lo que ves, no es culpa del espejo”.

Debemos aprender a usar la tecnología. Las redes sociales, las wikis, el correo electrónico, las aplicaciones y todos los otros servicios que tiene internet no son sólo alimentos para el ego, entretenimiento banal o para perder el tiempo. Pueden ser armas y herramientas para la construcción de una sociedad más libre, más organizada, más justa. La construcción de una ciudadanía mejor informada, más demandante y al mismo tiempo más responsable se reflejará de inmediato en los contenidos que circulan por la red. Todo depende de los usuarios. Y bueno, ahora también de Google.

¿Hay algo peor?

Dudo que individuos y organismos vinculados a la investigación del caso Iguala estén comprometidos en conocer y difundir la verdad de lo ocurrido con los 43 normalistas de Ayotzinapa la noche del 26 de septiembre del 2014. Están, eso sí, interesados en imponer su versión de los hechos. Son dos cosas diferentes. Dos líneas que corren paralelas. Pasan cerca, pero no se unen. Individuos y organismos cuidan sus chambas, su reputación, impulsan su agenda política, pero la cuestión de la verdad ocupa para ellos un lugar secundario. Tratan de construir una narrativa lógica de los sucesos y de ajustar cuentas con sus adversarios políticos.

No me refiero sólo a funcionarios del área de procuración de Justicia del gobierno mexicano, sino también a los integrantes del equipo de expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y de los diversos grupos de autollamados “peritos”, que de seguro consiguieron sus títulos en los portales de Santo Domingo. Un perito es un experto sobre un tema, cuya opinión genera confianza. Sus conocimientos del tema los avalan.

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