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Es urgente una solución

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Guerrero y Oaxaca sufren de asfixia. Todos los días desde hace dos meses, bajo el pretexto de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, los maestros disidentes agrupados en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, aprietan la economía de esos estados con ataques al turismo y al comercio, acompañados de acciones de propaganda en contra de las instituciones. El objetivo es poner de rodillas al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto para que ceda en su pretensión de abrogar en esos estados la Reforma Educativa. Se puede alegar que está a punto de alcanzar el éxito.

El subsecretario de Gobernación, Luis Miranda, les está entregando formalmente el poder en esas entidades. Las presiones que ejercieron el año pasado con la toma del Centro Histórico de la ciudad de México el año pasado sin conseguir la victoria, se están consumando gracias a la desestabilización que enmarcaron en la barbarie de Ayotzinapa. Miranda, está en contraposición al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. La abrogación de la Reforma Educativa, que era  innegociable, ya se entregó.

En Guerrero, los actos contra los normalistas de Ayotzinapa crearon las condiciones para la insurrección de los maestros disidentes y los grupos armados, que han incendiado Chilpancingo e impedido que el gobierno interino de Rogelio Ortega funcione con normalidad. Bajo esa presión, Miranda les dio parcialmente lo que querían: plazas de maestros sin examen de oposición como establece la Reforma Educativa, la primera transformación que logró el presidente Peña Nieto al arrancar su administración.

Miranda, en coordinación con el secretario de Educación de Guerrero, Salvador Martínez della Roca, entregó a la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación (CETEG), filial de la CNTE, 235 plazas por fuera de la ley que fue aprobada en ese estado hace más de un año. Las plazas son una forma de control feudal sobre los maestros, que se usan como un sistema de premios y castigos, y de obtención de recursos. Quitárselas al sindicato magisterial fue el momento más ovacionado del primer discurso de Peña Nieto como presidente el 1 de enero de 2012, con lo cual le quitaba en ese momento el principal poder que tenía la maestra Elba Esther Gordillo y recuperaba, por esa vía, la rectoría del Estado sobre la Educación.

Hoy, aquello va de regreso al punto original salvo por una variable: Gordillo era una política funcional al sistema; la CNTE es un grupo antisistémico insaciable. Guerrero es el principio del fin de la Reforma Educativa. En Oaxaca, Miranda ya dispuso que avancen las instituciones estatales para entregarle formalmente el poder a la Sección 22 de la CNTE, la más numerosa de la disidencia magisterial, que tiene de rodillas desde hace largo tiempo al gobernador Gabino Cué, que es su vocero ante el Gobierno Federal. La reforma está detenida en Oaxaca porque el Congreso local nunca aprobó los cambios constitucionales. En cambio, Cué y la CNTE redactaron una ley educativa para “armonizarla” con la constitucional e, incluso, la Sección 22 presentó su propia iniciativa.

La abrogación de la Reforma Educativa es la única agenda de la CNTE, disfrazada en la causa legítima contra la desaparición de los normalistas. La violencia en las calles de Guerrero y Oaxaca y en contra de las instituciones y propiedad privada, responde a su estrategia de presión, movilización y confrontación, no a la solidaridad con Ayotzinapa. Miranda, que siempre ha estado cerca de la CNTE y sus acciones han sido de apoyo y consolidación de la disidencia magisterial, aún a costa de la Constitución y los deseos de Peña Nieto, decidió –porque no es la posición de Osorio Chong- que la reforma se abrogue en ambas entidades.

La realidad abrumadora

Dos años le duró al presidente Enrique Peña Nieto su Camelot, el reino fantástico y mítico del Rey Arturo que este jueves en Palacio Nacional, tras presentar su decálogo de medidas económicas, desarrollo y seguridad que buscan enderezar el rumbo del país, mostró que en realidad había una nación rota y corrupta, llena de desigualdades vergonzosas y agravios que no había querido ver. O de qué otra forma se podría explicar que si la nación estaba tan descompuesta en sus entrañas, ¿por qué tardó tanto en presentar una ruta para la reconstrucción nacional? Si el país estaba tan fracturado y fragmentado, ¿cómo fue posible que no se diera cuenta? Dos años perdidos por él y su gobierno, que nunca creyeron que el país que les entregaban estaba en convulsión.

Los prejuicios contra el gobierno de Felipe Calderón y el análisis ligero sobre la descomposición institucional, llevaron a Peña Nieto y sus principales asesores a expresar con la soberbia del que no sabe, que la solución para el futuro del país estaba en la construcción de acuerdos parlamentarios, que llevaron al Pacto por México, y para sosegar a la Patria y meterla en la lógica propagandística de transformar a México, minimizaron la lucha contra el crimen organizado emprendida por Calderón y dejaron de combatirlo. Qué equivocados estaban.

La tragedia de Ayotzinapa, como néctar de la putrefacción, expuso la degradación nacional que ignoraron Peña Nieto y el cerrado grupo que toma las decisiones en su gobierno. Pero aún, después de presentar su decálogo para reconstruir el andamiaje institucional que dejó que colapsara, no termina de entender perfectamente de lo que se trata. Ayotzinapa, dijo, “es un ejemplo de que somos una sociedad que se une y se solidariza en momentos de dificultad”. Si el crimen contra seis personas la noche del 26 de septiembre en Iguala, y la desaparición de 43 normalistas que cayeron en manos de policías vinculados orgánicamente a delincuentes, galvanizó a la sociedad mexicana y la unió, no fue en torno al Presidente y a su gobierno, sino precisamente en contra de él y sus políticas.

Mensaje de miedo

Sigue el Presidente sin ver plenamente el entorno que lo rodea, al dejar en manos de otros decisiones que terminan por afectarlo. El evento donde dibujó un modelo de paz y justicia fue en el Palacio Nacional, cuya puerta central fue quemada por unos vándalos cuyo acto quedó impune. Para poderlo realizar sin que nadie manchara el acto, las fuerzas federales secuestraron el Zócalo de los ciudadanos. ¿Vallas y retenes militares en las calles de la ciudad para un mensaje por la paz?

Dentro del Palacio Nacional, las medidas de seguridad fueron extraordinarias. Miembros del Estado Mayor Presidencial en los pasillos y entre los invitados, lo que nunca había sucedido, y en cada paso de Peña Nieto, inclusive para el saludo al más selecto grupo de presentes, los gobernadores, un edecán militar le cuidaba la espalda. Si tanta desconfianza tenían de sus invitados, la elite nacional, ¿para qué los invita? Miedo fue lo que transmitió el Presidente. Miedo para enfrentar el miedo. ¿Qué mensaje es ese?

El Presidente, como muchas otras veces, seguramente tampoco se dio cuenta que los redactores del discurso se tomaron la libertad de recoger de un discurso reciente del presidente Barack Obama, el momento de mayor humildad presidencial. Obama, tras perder su partido las elecciones intermedias, le dijo a la nación que votó contra los demócratas: “Los oigo”. Peña Nieto, en la explicación racional de su propuesta, dijo haber escuchado lo que decían los mexicanos en las redes sociales, y los columnistas y articulistas en la prensa, de que Ayotzinapa es un caso que nunca puede volver a ocurrir. La creatividad de los redactores tuvo como fuente de inspiración la Casa Blanca.

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