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Historia de juniors

Opinión-colorErick Zúñiga

Es posible que la historia haya comenzado cuando Cuauhtémoc Cárdenas, primer junior presidencial habitante de Los Pinos, decidió que esa residencia y los consecuentes derechos le pertenecían como herencia monárquica. Pugnó por ganar la candidatura de su partido, el Revolucionario Institucional, pero al negársele optó por crear una agrupación de inconformes y deshuesados o desplazados por la pandilla política apoderada de las decisiones en el tricolor.

Lo hizo pasando luego a la formación de un partido en el que se sumó a los comunistas, socialistas, maoístas, trosquistas y todos los istas conocidos en ese momento. Así pudo lanzarse tras la anhelada silla del Águila. No tuvo éxito, se separó de su creación pero al ser nuevamente convocado para concursar por el liderato, respondió con  un definitivo “por aclamación, o renuncio”. Renunció.

Hubo otros hijos presidenciales que fueron una vergüenza, muy destacadamente un vástago de Gustavo Díaz Ordaz, roquero, drogadicto y, de acuerdo con versiones de un allegado a esa familia, muerto a consecuencia de un “pasón”.

De allí pasamos a los saguncitos, que de pronto y sin decir agua va empezaron a hacer gala de sus  incontables propiedades en Celaya, en la ciudad de México, en Florida, de su avión ejecutivo y de muchas otras muestras de fortuna ligada a Oceanografía, por un lado, a contratos irregulares de Pemex y a una asociación con la gachupina OHL, beneficiaria de toda suerte de segundos pisos de cuota y de carreteras de peaje por todo el centro del país.

No hubo ni siquiera amagos de castigo, gracias a que su padrastro, un personaje copia de Nico Yokum, una caricatura de rústicos al estilo los Beverly, llamado Vicente Fox, rehízo el rancho de su madre con fondos públicos y con el pretexto de que lo iba a visitar el mandatario gringo, George W. Bush, pero de allí se siguió de frente  y construyó el Centro con su nombre.

Llegamos a la jovencita que definió a los mexicanos: “pendejos, envidiosos y miembros de la prole” y por ahora culmina con el reciente hallazgo de las hijas del líder panista Gustavo Madero, viajeras frecuentes a todo el mundo, más allá de donde soñó Marco Polo.

De acuerdo, Madero no es mandatario, pero va en ese camino y cuenta con fondos partidarios, electorales y de otras fuentes, pero todos provenientes de los impuestos de nosotros, la prole.Nos dicen que los viajes privados son problema que sólo compete a Gustavo Madero y sus hijas, que en menos de dos años gastaron en pasajes de avión siete millones de pesos.

Las jovencitas recorrieron los mares del sur, Australia, toda Europa, las principales ciudades de Estados Unidos y las playas más rimbombantes del mundo.Ignoro cuál sea la fuente de la riqueza de Gustavo Madero, aparte de los premios que tan generosamente fueron distribuidos y admitidos por los más distinguidos militantes blanquiazules que, por cierto, provocaron una disputa entre Cordero, Ernesto, y Madero, Gustavo.

Y por no dejar: ¿Recuerdan al joven Attolini? Ese que saltó a la fama como vocero de Somos132 en la Ibero. Es aspirante pluri a una diputación. Alentado por su futura inmunidad legislativa, o atenido a su calidad de “conductor” en la televisión que tanto criticaba, se enfrentó en Reforma e Insurgentes a un par de policías de Tránsito que le exigían que no estorbara la circulación.

Respondió con mentadas de madre, que le reclamaron los agentes; la gente se puso del lado de los uniformados. Diría el clásico: ¿así, o más claro? El descrédito de los políticos, más bajo que nunca. Y los votantes, como el chinito, “nomás milando”.

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