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Les llegó la realidad

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

Pensaba que había visto todas las tonterías a cargo de los pretendientes a un hueso oficial, sin duda agotadas las neuronas después de bailes estilo Madona, intercambios telefónicos para hablar bien de algún candidato, danzas con botas como babushas con las puntas enfiladas al cielo y retratos en los que los candidatos no podrán ser reconocidos cuando posen ante sus electores.

El reino del fotoshop, de la estulticia, de la carencia de imaginación y el exceso de las artes publicitarias personas transformadas en productos embotellados, simples marcas ligadas a los aspirantes, y nunca a partidos difuminados y sustituidos en sus plataformas ideológicas por frases estúpidas y pegajosas.

Lloran los artífices de  imágenes políticas al recordar a los célebres tomatitos que estaba contentitos en espera del verdugo que los haría jugo; o del niño al que su padre le muestra extenso reino agrícola que heredará, pero el chaval se limita a preguntar por la Cheyenne, ideas que perduran en  la imaginación popular pero que ninguno de ellos encontró en favor de un candidato.

Se puede ser totalmente Palacio, pero a estas alturas sólo los verdes se atreven a tal irreverencia, mientras el resto trata de lograr la salvadora identidad que los hará presente en las urnas con los electores. De ningún lado, empero, surgen ideas y como dijo Octavio Paz de Carlos Monsiváis, ni siquiera buenas ocurrencias.

Parece que el ingenio decidió ausentarse en estas campañas políticas. O será que miserables que son, decidieron guardar la mayor parte de los recursos para tiempos áridos (por si pierden), y dedicaron una mínima parte para contratar creadores de imagen a precio bajo. Sólo el PAN en las alturas recurrió al hispano al que atribuyen el principio de la guerra sucia política en este país, al inventor de frases como “es un peligro para México”, con el pensamiento puesto en Andrés Manuel.

Pero tal insumo no está al servicio de la morralla política azul porque ya trabaja, dicen los del círculo presidencial panista, en lo que serán lemas y gracejadas en la campaña de 2018. En el partido creen, vaya que están convencidos, que el candidato será Gustavo Madero y que tendrá el apoyo amarillo, lo que permitiría entender los pagos adelantados con declinaciones y respaldos de sus huestes a candidaturas perredistas.

Por cierto sorprende el enorme número de nombres extraños, de apellidos ajenos al resto del país entre los candidatos, uno de ellos de apellido Abdala, panista, al que no encuentro relación con Emilio Abdalá, celebérrimo creador de El Gran Chicarcas personaje que narraba en hermosa parodia a México a través de los siglos. Quedó trunca, apenas explicada la conquista, por su temprano fallecimiento.

Sigamos: un gran cartel amarillo sobre azoteas de casas céntricas, nos muestra a una familia, todos vestidos de blanco y como fondo una cadena montañosa coronada por un resplandor. El padre apunta con un dedo como en la Capilla Sixtina y lo une con el brillo celestial mientras abajo en letras negras, resaltantes, asegura que “cuidamos de tu familia”. Escena de inspiración bíblica, sin duda.

En muros y bardas  se repite una y otra vez la frase: “Gana con Giorgana”. El dueño del apellido es otro pretenso a salario oficial. En su mensaje no hay ninguna idea, sólo la oferta de una ganancia que no explica en qué consistiría como tampoco dice en que forma volcará la ganancia en los electores. De hecho todos están conscientes de que el único ganón será el dueño del anuncio.

De acuerdo con estudios sobre visualización, mismos que se aplican rigurosamente en los periódicos, el lector inicia mirando lo que hay a su lado derecho; puede inclusive no mirar el resto de la página.

Hacer política no es gobernar

Hay personas dedicadas a la política cuyo nivel de cinismo se encuentra a prueba de todo. En medio del lodazal que se arrojan unos y otros candidatos, la mayoría del cual proviene de los sótanos y cloacas del espionaje telefónico, lo que resulta insospechadamente sorprendente es que la respuesta de las y los acusados sea: “Voy a denunciar penalmente a quien o quienes han filtrado ilegalmente mis grabaciones”.

La cuestión es histórica y ha evolucionado —o involucionado— de manera preocupante. En los años noventa del siglo pasado, cuando ocurría alguna filtración, la respuesta automática era algo así como: “La grabación está alterada y definitivamente no es mi voz; la revisaré con mis asesores y habrá de quedar a la luz quién maquinó tal fabricación de mentiras”.

En la década pasada, al filtrarse las grabaciones, la respuesta común se modificó: “Sí es mi voz, pero las declaraciones están descontextualizadas o el audio fue editado para que pareciera que digo lo que no dije; habrá de clarificar quién está detrás y qué oscuros intereses mueven a quienes ilegalmente intervinieron mis comunicaciones privadas”.

Ahora la respuesta es llanamente cínica: “Sí es mi voz, sí dije lo que dije, pero como la grabación es ilegal, aun cuando sea cierto lo que dije que hice, ésta no puede utilizarse como prueba ante un tribunal”.

Lo peor del caso es que los costos que asumen las y los políticos sorprendidos en acciones poco éticas son mínimos; en ocasiones de hecho no tienen que asumir ninguno pues están protegidos, ya sea por el fuero constitucional o por el “fuero de la complicidad”; es decir, se trata en muchas ocasiones de personajes que son operadores sumamente eficaces de los intereses fácticos, a quienes es menos costoso proteger que destituir de sus cargos, dada su habilidad probada en la generación de ganancias, pactos o estrategias de acumulación de más riqueza y poder para sus patrones.

El colmo del cinismo

Nuestro país paga un costo gigantesco por la corrupción; Transparencia Mexicana estima que cada año perdemos 1.5 puntos del PIB en actos de corrupción que se practican en trámites básicos de la vida cotidiana, pero su estimación no incluye pagos por asignación de obras; precios inflados; obras pagadas y no ejecutadas; desvío de recursos y otras prácticas del folclor político nacional que, como diría el clásico, sería cómico si en el fondo no tuviese resultados trágicos.

Nuestra democracia es, en ese sentido —y por supuesto en muchos otros—, de muy mala calidad, porque no cuenta con los mecanismos ni legales ni judiciales ni de control institucional para frenar y acabar con los actos de corrupción y, sobre todo, para evitar que se repitan una y otra vez en una espiral sin fin, sexenio tras sexenio, en el caso de los gobiernos estatales y el federal, y cada trienio, en el caso de los municipios.

Hemos llegado al colmo de que la ciudadanía decida votar a favor de un candidato que es capaz de declarar públicamente que “sí robó, pero poquito”, y luego continuar dando muestras de que su honestidad está a prueba de todo y que mantiene el estándar y consistencia en su actuación: “Seguir robando, pero repartiendo al pueblo”.

Es una situación insostenible: candidatos y candidatas de todos los partidos políticos han “normalizado” la extorsión, la compra de votos y voluntades, y el uso ilegal e ilegítimo de dinero público y privado para el financiamiento de campañas, y para amasar fortunas personales y familiares ofensivas.Algún viejo político acuñó una de esas frases lamentablemente célebres del anecdotario nacional: “El dinero sirve para gobernar; y ya si queda algo, pues de paso hacemos obra pública”. Esa, lamentablemente, parece ser la consigna asumida como norma y criterio de actuación de miles de funcionarios y políticos en todos los órdenes y niveles del gobierno.

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