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Libres de violencia

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Cada 30 de abril se conmemora en nuestro país el “Día de las y los niños”. Cada año también se gastan sumas millonarias en la compra de juguetes de todo tipo, bajo el argumento de que debe celebrarse a “los reyes y reinas de la casa”; una frase que de suyo revela nuestra rancia tendencia a buscar esquemas aristocráticos de asignación de estatus.Para colmo estamos en medio de un proceso electoral en el que no faltarán las y los políticos que literalmente se alquilen de payasos y utilicen la fecha para medrar con la miseria de la gente, organizando fiestas y kermeses que no tienen otro propósito sino la mezquina y frívola búsqueda del voto fácil.

Lo peor en esta fecha en particular es que la industria cultural, como le llamarían los teóricos de la Escuela de Frankfurt, nos lleva a procesos que hoy podrían calificarse, sin ambages, como “sistemas de compra idiota”, en los que predomina todo excepto la racionalidad requerida desde la perspectiva de los derechos de la niñez.

Lo anterior explica en buena medida por qué en medio de tanta violencia continuamos regalando juguetes bélicos; por qué se compran masivamente videojuegos que promueven la violencia a diestra y siniestra; y por qué continuamos reproduciendo los estereotipos de regalar muñecas a las niñas, y cochecitos a los niños.

La cuestión no para ahí; lo más perverso se encuentra en el hecho de que en la industria de los juguetes se sabe perfectamente que la discriminación y los estereotipos venden, bajo la lógica de que la ganancia y el lucro lo justifican todo.

Por ejemplo, uno de los productos de moda en el mercado son los llamados “Neonato distroller”; unos muñecos que además de ser horrendos, son vendidos en empaques que marcadamente promueven una visión y lenguaje machista.

En una de las cajas en que están empaquetados estos esperpentos (cosa notable por su fealdad, desliño o mala traza, define la RAE), dice: “Se encontraban dos “cumulusnimbus” y arriba de ellas dos sigotas albinas que se envidiaban a muerte, obvio por ser mujeres, una quería lo que tenía la otra, celosas ambas, empezaron a jalonearse y de las palabras pasaron a los tirones” (Las negritas y el subrayado son míos).

No sólo la redacción es espantosa; lo peligroso del asunto —y debe tomarse muy en serio— es que la empresa que fabrica tales muñecos está obteniendo millones de pesos (quizá de dólares), a través de la comercialización del machismo, los estereotipos, prácticas discriminatorias y lenguaje que promueve la violencia.

La parte más lamentable es que aún con ello, haya madres y padres de familia que los compran y los obsequian a sus hijas e hijos; e incluso hay casos de quienes, sabiendo de esto, se justifican diciendo que “es la moda y ni modo de no obsequiarlo o de quitarlo una vez regalado”.La agenda de la discriminación no puede seguir invisible en nuestro país, porque la reproducción de los estereotipos y las prácticas y relaciones sociales que se derivan cuando se asumen como criterios de vida, lastiman y dañan a los otros; y en no pocas ocasiones pueden derivar en la comisión de crímenes de odio.

No es exagerado decir que los feminicidas, por ejemplo, comenzaron su espantosa ruta existencial creyendo justamente que las mujeres son “obviamente por ser mujeres”, envidiosas, celosas, posesivas, frívolas, débiles… y pasar de esas creencias al desprecio, la discriminación y el ejercicio cotidiano de la misoginia, no requiere mucha imaginación ni esfuerzo.

En el día de las niñas y los niños, nuestro deber como personas adultas se encuentra en promover y defender por todos los medios a nuestro alcance, el pleno cumplimiento de sus derechos humanos; pues continuar enseñándoles a odiar, a discriminar o a rechazar a quienes viven, por condición o decisión la diferencia, implica condenarlos a perder sus capacidades para una vida en libertad, propia y ajena.

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