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Mercadotecnica política

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El aluvión de spots electorales que se nos ha venido encima a los ciudadanos es de antología. Se dispuso que un total de 16 millones 174 mil 80 anuncios promocionales fuesen difundidos por dos mil 500 estaciones de radio y televisión entre el 5 de abril y el 4 de junio. Es, realmente, una cifra estratosférica que pondrá a prueba la paciencia de los radioescuchas y televidentes.

La competencia por el sufragio, en estas circunstancias, se ha concentrado en la habilidad de los estrategas de los partidos políticos para ir a la caza del mayor número de boletas en favor de su causa este próximo 7 de junio. De acuerdo con la lógica del “mercado político” lo prioritario es maximizar las ganancias y minimizar las pérdidas.

Como si se tratase de mercancías, el producto son los candidatos, y los compradores potenciales son los votantes. En consecuencia, hay que hacer atractiva la oferta (no importa la calidad) para que los consumidores opten por ella.

De acuerdo con la ley de la oferta y la demanda también se vale desacreditar a los rivales. Y, en efecto, es lo que hemos visto y oído con más insistencia en estos primeros días. En términos formales se les llama “campañas de contraste” pero en realidad es la “guerra de lodo”. Importan menos las ideas que el impacto publicitario.

La perspectiva mercadológica se ha apropiado de la escena pública. Ella no se limita a los spots. El pleito callejero entre candidatos  se extiende a los medios de comunicación de muchas maneras: realce de las intrigas, revelaciones escandalosas, réplica y contrarréplicas. De tal suerte, las actividades de proselitismo se convierten en un chismorreo insustancial. En este torneo de banalidades el cometido es ocultar los defectos del postulante, mientras que se ventilan los errores de los rivales. La apariencia eclipsa la sustancia.  A eso ha sido reducida la competencia democrática.

¿Pero —cabe preguntarnos— acaso la democracia consiste, simplemente, en este toma y daca de autoelogios y denostaciones? La respuesta es negativa. Hoy más que nunca es preciso recordar que la democracia es un régimen que se ejerce mediante la discusión. En ella los participantes deben presentar sus propuestas legislativas y de gobierno para que los individuos con derecho al voto puedan seleccionar la mejor alternativa. O, más concisamente expresado: en la democracia liberal los ciudadanos, mediante el sufragio, eligen a quien los representará durante un período determinado.

El punto es que, al término de ese período, los votantes han de: 1) evaluar el desempeño de los representantes que terminan su función; 2) conocer las propuestas de los otros candidatos y partidos para compararlas con las de los representantes y partidos que ocuparon el cargo en el período que concluye. De esta forma, ellos podrán decidir cuál es la alternativa más idónea. Y la alternativa más idónea, en términos de gobernabilidad democrática, debe ser aquella que muestre capacidad para asumir la dirección política. “Dirección política” en términos democráticos significa, desde luego, destreza operativa, pero también y sobre todo (Antonio Gramsci), fortaleza ideológica. Ganar la batalla de las ideas. Conquistar la hegemonía cultural. Alguien podría decir que esto es utópico, pero no. En muchos países democráticos el nivel de la discusión política es mucho más elevado que el nuestro.

La ignorancia, ocultamiento o menosprecio de lo que es “la esencia y el valor de la democracia” (Hans Kelsen) y de lo que pasa en democracias más avanzadas han provocado que en nuestro país los procesos electorales y, en especial, las campañas en busca del voto popular hayan caído en este lodazal. El sentido primigenio con base en el cual fue diseñada y construida la democracia representativa se desvanece en el fango. Lo que se privilegia ahora es el efecto instantáneo no la deliberación y el análisis. La inteligencia se inhibe delante de las ocurrencias y los desplantes escénicos.

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