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Muchas formas de discriminación

Opinión-colorErick Zúñiga

Esta semana se conmemoró el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. En nuestro país, Gilberto Rincón Gallardo fue uno de los principales líderes sociales que luchó constantemente a favor de sus derechos; y quien a nivel internacional jugó igualmente un papel sumamente relevante impulsando la Convención de las Naciones Unidas en la materia.

Como resultado del trabajo de numerosas organizaciones de la sociedad civil, que destacadamente potenciaron su trabajo en la década de los 90 en el siglo pasado, hoy contamos con un nuevo marco jurídico que tutela y protege ampliamente sus derechos.

A pesar de los avances, hay dos obstáculos estructurales que impiden la plena garantía de los derechos de este grupo poblacional: en primer lugar, la ineficacia y deficiencia de las políticas públicas con que contamos. Pues a la fecha no puede afirmarse que haya ni a nivel federal, ni en los estados ni en los municipios un modelo que pueda ser asumido como emblemático en la garantía integral de los derechos de este grupo de población.

El otro gran problema es la terrible persistencia de la discriminación. A las personas con discapacidad se les excluye por partida doble: por un lado, porque no hay una sola ciudad o pueblo en el país que esté adecuadamente adaptada, en el sentido arquitectónico y urbanístico, para garantizar la movilidad y la participación social, con seguridad y dignidad, para quienes viven con alguna discapacidad.

En segundo lugar, en prácticamente todos los estratos sociales; y en todos los espacios públicos siguen existiendo prácticas discriminatorias, que van desde la desigualdad de trato, hasta expresiones ofensivas en las relaciones interpersonales: gestos, rechazo y agresiones verbales son la constante en nuestro país.

Por ejemplo, en las escuelas públicas la mayoría de las y los maestros siguen prefiriendo que no sean inscritos las niñas y los niños con alguna discapacidad, “pues no cuentan con las capacidades para atenderlos”. Y hay que decir frente a ello, que de verdad asumir esta posición implica una renuncia, no sólo del Estado para garantizar los derechos de los vulnerables, sino sobre todo, de la sociedad en sus capacidades de solidaridad con los otros.

En los edificios públicos se carece de rampas de acceso; y en la mayoría de los casos, cuando las hay, no cumplen con las normas y estándares apropiados; no hay señalizaciones apropiadas para las personas ciegas o débiles visuales; no hay adaptaciones para personas sordas; no tenemos una cultura para el trato adecuado y con dignidad para las personas que viven con alguna discapacidad intelectual o con síndromes como el de Down o trastornos como el Autismo.

La ciencia médica está logrando avances sorprendentes en rehabilitación e incluso reversión de las discapacidades. Cada vez son más comunes las noticias de personas que logran caminar, o recuperar la capacidad auditiva debido al desarrollo de prótesis mecánicas, de chips, implantes y hasta desarrollos de la nanotecnología.

Mencionarlo es relevante porque es la evidencia más clara de que la discapacidad debe referirse sólo al daño sensorial o anatómico, pero jamás a una condición o estatus social que derive en procesos de exclusión o rechazo. Es decir, una de nuestras grandes deudas se encuentra en la generación de una cultura de respeto a todas las personas, independientemente de su condición o apariencia.

Requerimos, desde los medios de comunicación, el gobierno, la sociedad civil y la academia, volcarnos hacia el fortalecimiento de una nueva cultura de la inclusión solidaria de todas y todos.

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