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No más demagogia

 

Opinión-colorÁguila o Sol

De: Prof. Monjardín

México no puede ser más un país de sangre. Desde tiempos ancestrales hemos construido nuestra historia como república independiente y democrática, con base en cruentos sacrificios que lamentan nuestras crónicas. Hoy, conscientes de la brutalidad que ha lacerado nuestro crecimiento como nación, no podemos permitir que cualquier otro tipo de violencia, revolucionaria o criminal, continúe lastimando a nuestra patria.

Vivimos tiempos aciagos, complejos. El miedo, la preocupación, el hartazgo, quizá la resignación, son sentimientos diseminados y adheridos en nuestra gente. El reloj avanza, las épocas transcurren y los problemas sin resolver se acumulan como bola de nieve que de súbito se convierte en avalancha. El crimen y la impunidad, yerguen su oscuridad sobre la tierra y continúan avanzando… ¿Hasta cuándo toleraremos esta realidad?

Es momento de cambiarlo todo, de combatir la violencia con justicia, celeridad y firmeza. Ciudadanos, políticos y líderes de toda clase vinculados en un esfuerzo único por acabar con este vórtice de crueldad y corrupción. Unidos en pensamiento y acción por hacer posible un futuro de luz y paz, donde el respeto a los derechos humanos reinen sobre nuestras vidas.

El asesinato en Iguala de al menos 3 normalistas de Ayotzinapa y la desaparición de 43 de ellos, ocurridos en el pasado mes de septiembre, es el ejemplo de una situación de crisis que debe ser resuelta pronto, por el bien de las familias afectadas, de la credibilidad de nuestras instituciones políticas y judiciales, e incluso por el bien del nombre de México ante la comunidad internacional.

Este caso como tantos otros, no puede ser un asunto que concierna sólo a la gente y autoridades del lugar de los hechos, es un asunto que nos debe interesar a todos como sociedad que busca, desde el lugar particular que cada uno de nosotros ocupa, el objetivo de ser un país mejor, libre de violencia y reconocido en justicia.

Políticos y autoridades estamos para dar resultados y cuentas útiles a la población que lideramos, por ello, es imperativo que esta situación sea desahogada de manera clara y expedita con la intención primordial de hacer valer la ley y el objetivo ulterior de erradicar poco a poco el crimen y la brutalidad de nuestro acontecer.

Esta indignación discursiva en torno a lo sucedido en el Estado de Guerrero —postura ahora compartida por el mundo entero— no puede quedarse sólo en pronunciamientos etéreos que, una vez más, se diluyen en el tejido acuoso del tiempo. Las acciones son lo que perdura y aquello que da oportunidad verdadera a cualquier transformación. Si hoy somos vistos como el país de las grandes reformas, es el momento justo de lograr una nueva y más importante: La reforma de hacer efectiva la justicia, la política.

Por la evolución que demanda nuestra historia es que debemos propiciar los cambios más esenciales para nuestro México. Se requieren soluciones y no más problemas. Sólo nos queda enfrentar la crisis, con la cara en alto y valentía; con efectividad y empatía. Somos un país grande que requiere acciones en grande.

Por Tlatlaya, por Iguala, por cada pueblo que sigue en pie de lucha contra la inequidad y la violencia.Por la libertad, la justicia y la legalidad; así, pura y llana sin tintura de demagogia.

 Condena total

Los titulares de muchos medidos de comunicación reportan una condena total a la barbarie en el caso de Iguala, en Guerrero. La condena se emitió antes de conocer que policías de Guerrero abrieron fuego en contra de una camioneta que no se detuvo un retén.

En el vehículo viajaba un grupo de jóvenes estudiantes, que regresaban después de haber pasado el fin de semana en Acapulco, entre ellos había dos ciudadanos franceses y dos alemanes, dos de las naciones líderes de la Unión Europea. La explicación de las autoridades del gobierno estatal es patética: dispararon porque estaban en un operativo anti secuestros y cuando pasó el vehículo de los jóvenes oyeron un ruido como un disparo. O sea una reverenda estupidez.

Otra de policías que golpea fuerte el flanco internacional, que ya no siente lo duro sino lo tupido. Para fortuna de todos, no hubo muertos, un joven alemán resultó herido de bala en un brazo. Un fallecimiento de un extranjero a manos de la policía mexicana nos tendría en un callejón sin salida.

¿Cuál es el protocolo que siguen los policías en Guerrero antes de accionar sus armas? Tal parece que el primer apartado es disparar a lo loco. A nivel internacional la única justificación para que un policía dispare, incluso entre los policías nazis de Ferguson en Estados Unidos, es que piensen que su vida está en peligro. Los de la Patrulla Fronteriza disparan si un aspirante a migrante les tira una piedra a cien yardas de distancia. Son unas bestias. ¿Qué calificativo merecen los de Guerrero que le tiran a un vehículo nada más porque sí?

Urgen acciones serias

Como era de esperarse, las embajadas de Francia y Alemania ya se acercaron a la Secretaría de Relaciones Exteriores para pedir esclarecer los hechos y detener a los policías ministeriales involucrados. Se espera mañana un pronunciamiento de esos países o de la Unión Europea. Una alerta de viajes es inevitable, pero podrían ir mucho más allá. La cancillería tiene en sus manos una papa caliente.

Lo primero es abrir un canal de comunicación permanente con las embajadas, ofrecerles información oficial de primera mano y velar por la salud de los atacados. No es que la integridad de los extranjeros valga más que la de los jóvenes nacionales, lo que intento destacar es el peligro de que una ola de condenas internacionales afecte el comercio internacional, las inversiones y sobre todo el turismo, del que viven la mayor parte de las familias en Guerrero. Lo cierto es que estamos en el banquillo de los acusados otra vez.

Las imágenes de los normalistas encapuchados asaltando y quemando el Palacio Gobierno sólo empeora las cosas. Se trata de un episodio brutal que no debió permitirse. Presagio de lo que a estas alturas parece inevitable: la insurrección formal una vez que se reconozca que los normalistas desaparecidos, la mayoría de ellos, están en las fosas clandestinas quemados.

El gobierno tiene que tener listo un plan de contingencia que incluye la presencia masiva de fuerzas federales en Chilpancingo. La idea es tratar de proteger lo que queda de vida institucional en ese estado, donde el único que no percibe que las autoridades están rebasadas es el gobernador Aguirre que tanto daño ha hecho a la nación. Los normalistas no pueden destruir la ciudad porque están enojados.

La información de los policías atacando paseantes y los normalistas incendiando el Palacio Gobierno suponen un desafío descomunal para la imagen internacional del país que se encuentra en su peor momento en lo que va del sexenio. Algo habrá que hacer, cumplir y hacer cumplir la ley por ejemplo.

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