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Personas que han dejado huella

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Le tocó el turno a Eduardo Galeano, otro de los gigantes de las letras en América Latina. Llevamos un año sin Gabriel García Márquez; y en nuestro país recientemente hemos perdido a gente como Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Alí Chumacero, Ernesto de la Peña, Emanuel Carballo, entre otros nombres de inmensa estatura.

Alguien decía que siempre vendrán otros a llenar los espacios, que serán principalmente físicos, porque los libros y las ideas siguen allí. Quizá tenía razón; empero, preocupa que hoy lo que se percibe no sólo es un extraño silencio de parte de las mentes más brillantes, sino, sobre todo, un infinito desprecio de los grupos en el poder por el mundo de las ideas. El silencio al que aludo tiene que ver no con la ausencia de voces, sino con la incapacidad de la crítica de hacerse escuchar.

Es decir, existen diagnósticos de todo tipo respecto de por qué la economía mexicana está basada en una estructura que le ha llevado a un desempeño mediocre en los últimos 30 años.

Se ha dicho en múltiples espacios que la corrupción es ya insostenible; que la injusticia es intolerable; que la incapacidad de los gobernantes es inviable en el corto y en el largo plazo; que no hay canales ni reglas para un diálogo democrático abierto e incluyente de todas las visiones; y, a pesar de todo, no pasa en realidad nada al respecto.

Los diagnósticos oficiales todos apuntan en una misma dirección. Por ejemplo, el Coneval ha presentado una y otra vez evidencia respecto de que la política social en su conjunto se encuentra desarticulada, sin mecanismos de coordinación, y en términos de eficacia, no se ha logrado romper con los ciclos intergeneracionales de la pobreza.

La Auditoría Superior de la Federación ha mostrado en los últimos años cómo la corrupción está instalada en prácticamente todos los espacios de la administración pública; que el desorden administrativo es gigantesco; y, además, en sus auditorías de impacto y pertinencia, se ha mostrado evidencia respecto de la ineficacia de los programas y políticas para cumplir con los objetivos para los que han sido diseñados.

Sobre estos y otros diagnósticos, las y los expertos, los intelectuales, e incluso celebridades del mundo del espectáculo, ofrecen argumentos, propuestas y, en general, un descontento mayor respecto del estado de cosas imperantes; empero, nada o muy poco ocurre en las más altas esferas de la toma de decisiones.

¿Por qué no hay interlocución entre el mundo de las ideas y el mundo del poder? Es una cuestión que exige una revisión seria, mesurada y, sobre todo, políticamente urgente si en serio queremos consolidar a un régimen democrático que pareciera hacer agua por muchos de sus flancos.

Ninguna sociedad es viable si renuncia a las capacidades críticas del pensamiento; y que conste que no se trata de convertirse en un “anti-sistema” por antonomasia; antes bien, se trata de generar una nueva lógica de diálogo y de incidencia en quienes toman las decisiones estructurales para el país, porque de otro modo se convierte al Estado en una franquicia de los poderes fácticos, y a sus instituciones en meras gerencias para la administración de los peores intereses.

Uno de los problemas asociados a lo anterior se encuentra en el predominio —que debe revertirse— de un pensamiento unidireccional, sustentado fundamentalmente en las tesis del liberalismo más enclenque, teóricamente hablando.

Hoy pensar críticamente significaría poner en tensión el trinomio consistente en: democracia liberal + mercado abierto + individualismo a ultranza, y mostrar que se trata de una aberración no sólo teórica, sino, sobre todo, ética y política en el largo plazo.

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