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Segunda vuelta

 

Opinión-colorErick Zúñiga

Éste es un mecanismo de larga tradición en algunos sistemas electorales en América Latina (alrededor de doce países). Cuenta también con importante base intelectual, pues es postulado por politólogos de renombre como Giovanni Sartori.

El argumento fundamental a favor de la segunda vuelta presidencial es que genera mayor legitimidad en el candidato ganador, pues le representa un más amplio respaldo ciudadano; lo cual favorece la legitimidad. Se olvida, que la legitimidad de los gobernantes no se reduce a un simple dato numérico. La regla de la mayoría es el elemento central de la democracia y de todo sistema electoral que corresponda con ella.

No es más legítimo un gobernante que accede al cargo con 40% de los votos respecto del que lo hace con el 30. No hay en la segunda vuelta garantía alguna de que votará la mayoría de los ciudadanos en aptitud de ejercer su voto. Aún en los casos de segunda vuelta el presidente es elegido por mayoría relativa de los electores potenciales. Así que cabe discutir sobre el quantum y calidad de la representación que implica.

En el caso mexicano, es equívoco ver en este solo mecanismo la solución de la innegable crisis de credibilidad de las instituciones, los partidos y casi todo lo que conocemos como esfera pública. La crisis es múltiple y, por tanto, las respuestas también deben serlo. Problemas que corresponden al sistema político, difícilmente podrán ser resueltos con un ajuste al sistema electoral.

Lo más probable es que la segunda vuelta represente un medio para el sometimiento de las minorías, destinadas a subsumirse en alguna de las dos opciones mayoritarias, limitando la pluralidad a la sola primera vuelta de modo casi testimonial y sin traducción a la acción de gobierno.

Tampoco existe relación directa entre segunda vuelta y gobernabilidad. La segunda vuelta no produce en automático mayorías parlamentarias que acompañen al ejecutivo. En un sistema presidencialista como el nuestro, los gobiernos divididos son una posibilidad no muy deseable, pero también forman parte de un escenario al que más vale acostumbrarse.

La simple adhesión de las minorías a uno de los dos candidatos más votados no constituye un pacto político. En tal caso, pareciera más prometedora una reforma al régimen de coaliciones, para que no sean únicamente alianzas electorales sino se transformen en coaliciones legislativas y de gobierno.

Finalmente, pero no por último, cabe considerar el tema de los costos, que se incrementarían significativamente. Una segunda vuelta con 30 días de campaña costaría más de mil millones de pesos, considerando tan solo financiamiento de campañas, asistencia electoral y documentación electoral. Acaso habrá quien piense que elevar el costo electoral dará mayor legitimidad al sistema político.

En diversos campos, pero especialmente en el ámbito de la política, existen fórmulas mágicas, pues los sistemas electorales no se despliegan en el vacío social, histórico e institucional.

Si bien el sistema electoral posee su propia dinámica, guarda íntima relación con el sistema político y ambos son productos históricos. Pretender la adición mecánica de fórmulas, significa soslayar que diversos mecanismos que funcionan adecuadamente en un sistema, ven mermada su eficacia en otros.

¿Qué buscamos con la segunda vuelta y cuál es su viabilidad en el sistema electoral con que contamos? La respuesta no es sencilla. Pero sin duda, no otorguemos virtudes irreales a la segunda vuelta y evitaremos frustraciones.

Águila o Sol

De: Prof. Monjardín

Terrorífica unidad

Quechultenango, Guerrero, es un municipio que tuvo al Ejército mexicano como policía de barrio durante los años setenta. Los guachos, como se les llama aún a los soldados, eran enviados en pelotones a vigilar el municipio y se acantonaban en una de las casas de techos de teja roja.

La presencia era más bien simbólica (un área bajo control a diferencia de las que ocupaba la guerrilla) y muchas veces se limitaban a hacer registros desangelados a los vehículos, autobuses y ocasionalmente a algún cargamento agrícola conducido en carretas movidas por bueyes.

Quechultenango tiene una extensión territorial desmesurada: oficialmente, la cabecera municipal debía controlar una de las caras del enorme macizo orográfico de Coaxtlahuacán, una pared de unos 500 metros prácticamente en vertical y que terminaba donde inician las tierras de pastoreo.

Aquellas tierras altas estaban a su suerte en realidad. Ni la administración municipal ni los guachos tenían nada que ir a buscar a caseríos pequeños. El contacto se limitaba muchas veces a las temporadas de contratación de trabajadores de temporada para la cosecha.

Pero los setenta quedaron atrás y Quechultenango vivió por vez primera las implicaciones de un territorio excesivo. Parafraseando a un famoso geógrafo mexicano, este municipio no se trazó uniendo los territorios que tuvieran ligazón económica, histórica o cultural, sino que se conformaron otros municipios aledaños con más o menos algún sentido y el terreno suelto se agregó a Quechultenango.

La existencia de un Quechultenango serrano, en oposición al que siempre vivió en torno a las cañadas y vallecillos abiertos al oriente de Chilpancingo, tomó relevancia en los años ochenta y muy especialmente en los noventa.

La presencia de actividades ilícitas, primero en formas rudimentarias y después sistematizadas, comenzó a pesar mucho.

Ésta es el área real de aparición de la banda de los Ardillos, más allá de que los líderes ubicables en la actualidad sean poco adeptos a pasar sus días en las incomodidades de la sierra.

Alejados de todo, la serranía quecultenanguense se fue abriendo poco a poco al cultivo de droga, al trasiego de la misma y luego vino la clara influencia de grupos organizados interesados en estas áreas por la bajísima presencia de un orden institucional.

Quizás no sea exagerado decir que en estas montañas, desde la independencia misma, el crimen es el primer estructurador del territorio: la actividad económica (ilegal), los poderes fácticos (gavilleros en este caso) aplicando reglas generales para todos los habitantes, hasta llegar finalmente a ser un poder visible ante la alcaldía y presentarse como representantes de la población serrana.

La irrupción de muchos delitos de corte excesivamente violento (secuestros con mutilaciones sólo explicables por un irracional sadismo, extorsiones en las que la amenaza se acompañaba con exhibiciones de la inoperancia de la autoridad) se dio en Quechu mucho antes que en el resto del país.

La aparición de los ardillos en la población no fue sino el resultado natural de la ausencia de autoridad e instituciones en un amplio territorio.

La aparición de los ardillos, banda famosa por la rivalidad con otros grupos que desencadenó matanzas al estilo Iguala, fue también una construcción de contornos: todo lo que el poder formal tomó, dejó en medio una tierra sin ley. Quechultenango volvió a conformarse como una zona no incluida en otra. El delito le dio unidad, una terrorífica unidad, a los serranos y a la gente de las cañadas.

A decir verdad…

Cuando Pilatos le respondió a Jesús, o más bien se preguntó a sí mismo, sin esperar respuesta: ¿qué es la verdad?_, la interrogación siguió resonando en el interior de quienes se interesaron por encontrar esa respuesta. En nuestra época, a la mayoría de las personas no les inquieta indagar la respuesta, y menos saber si hay una verdad absoluta y una objetiva.

El decir “mentiras piadosas” se justifica plenamente cuando éstas se dicen con loables propósitos. Afirmar verdades a medias se permite cuando se desea ocultar algo que no conviene sacar a la luz; callar la verdad lo justifican los fines que se desean conseguir. El mandamiento “No mentirás” ha pasado a ser letra muerta.

La publicidad acostumbró a la sociedad a recibir información que no es verdadera; se presentan productos maravillosos que en realidad no lo son; las imágenes los muestran perfectos sin serlo; los paisajes o recintos que ofrecen se ven mejor de lo que son y aun cuando las personas se decepcionan al verlos físicamente, creen de nuevo en próximos anuncios.

En campo de la política y de los logros del gobierno, se siguen las mismas estrategias. Interesa muy poco trasmitir qué es la verdad o qué es lo verdadero, lo que realmente importa es presentar lo que es popular, lo que satisface a la gente, lo que quiere oír la mayoría. Se informa especialmente lo que pueda evitarle problemas a los gobernantes.

En nuestros días se han multiplicado los medios de comunicación con los que cuentan los gobernantes para establecer contacto con los ciudadanos. A los medios escritos se agregó el gran avance de la radio que permitió una comunicación muy amplia. La televisión rompió barreras, no sólo se podía oír la voz del gobernante, se le empezó a ver, casi como si se le pudiera tocar, se puede cotejar el tono de su voz con la expresión corporal, es como si fuera invitado a la propia casa. Pero esto no es todo, por la comunicación en Twitter, la sociedad ya no es un ser pasivo, sino que puede responder, cuestionar, exigir, comparar datos, argumentar y contradecir.

Falta mucha información

Los actuales responsables de la comunicación presidencial ofrecieron desde el principio del sexenio, que esa comunicación sería emitida con rapidez y credibilidad. En nuestros días ya no es posible, como lo era anteriormente, controlar totalmente la información, aun cuando algo todavía se intenta, pero la libertad de expresión, sin ser total, es mejor que antes de la alternancia.

Se puede constatar que las noticias más difundidas se refieren a la economía y a la seguridad por ser las áreas que más afectan a las familias y a las personas y son las materias sobre las cuales las notas quieren ser tranquilizadoras, pero no todas concuerdan con la realidad.

En lo económico se presentan verdades a medias, pero en los bolsillos de los mexicanos se siente pérdida. Se festinó el aumento por la uniformidad del salario mínimo, como si fuera realmente significativo; se publicitan los nuevos empleos, pero no se agrega que son con minisalarios.

Sobre la seguridad se focaliza la información, tratando de establecer comparaciones no siempre apegadas a la realidad y se oculta parte de lo sucedido. En lo relativo a la violencia se minimizan los hechos, se exhiben más bien los planes de las acciones a realizar y se presentan avances “incuestionables”, no siempre fundamentados.

Tal vez esta falta de apego a la verdad en mucha de la información, sea la causa de que las encuestas de Parametría den como resultado una mayor cantidad de ciudadanos que no aprueban la labor del Ejecutivo en su primer trienio.

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