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Tiempos de cero tolerancia

Opinión-colorErick Zúñiga

México vive un momento de extrema tensión. Lo que pasó en Iguala detonó un estado anímico que ha ido en aumento, se extiende por todo el territorio y en varias partes del mundo. Hay enojo social y en los jóvenes la desesperanza se transformó en un gran malestar que recorre las redes, las calles, las aulas, los lugares de esparcimiento.

Esto no es un puñado de revoltosos reclamando la desaparición forzada de 43 estudiantes que se convirtieron en un símbolo, ni grupúsculos manipulados por partidos políticos para afectar al Presidente. En esas lecturas podría haber algo de cierto, pero el principal problema es que existe un hartazgo generalizado sobre los niveles de eficiencia del Estado.

Eso es gravísimo y sería más sencillo si se tratara de una ilusión, como algunos nos pretenden hacer creer, o de problemas “aislados”, pero no es así, por desgracia. Cada vez más mexicanos están convencidos de las severas deficiencias de las que adolecen las instituciones. Desde las encargadas de impartir justicia y mantener la paz social, hasta las que tienen la responsabilidad de brindar salud a la sociedad.

Ser de los países más corruptos del mundo tarde o temprano genera una factura que se tiene que pagar. Y eso no se termina acallando voces críticas cuyos canales se multiplican exponencialmente por internet y sirven para despertar adormecidas conciencias que a su vez generan nuevos mensajes críticos.

No sé cuáles sean los alcances reales de la televisión abierta en México. Pero tengo la impresión de que el segmento y la audiencia que alcanzan ya no conforman una masa acrítica que carecía de elementos de contraste. Quien sintoniza un noticiero con mucha audiencia tiene cerca un nodo de red que ahora le permite recibir y emitir mensajes de manera multidireccional; mensajes cargados de información, de opinión o dudas, y si no lo hace él directamente, lo hace un familiar o un amigo cercano. Eso configura un escenario diferente que por fortuna resulta imposible de controlar. Y lo escribo así porque en teoría somos una democracia.

El paradigma de todos los partidos políticos es muy curioso: mientras más desinformada e inmóvil se encuentre la sociedad, mayores serán sus márgenes de impunidad. Pero cómo disparar el crecimiento, cómo activar la economía, cómo despertar la energía productiva en una sociedad apática, conservadora y conformista. Es imposible. Cuando la sociedad se da cuenta de que el obstáculo para su crecimiento está vinculado a una clase política representada por franquicias de diversos colores que defienden plazas y cotos de poder, integrada por enanos que se atacan unos a los otros aunque en el fondo todos son iguales, entonces la sociedad despierta.

Vivir diario el horror desató la ira, que también es exponencial si nos enteramos que mientras se resuelve el crimen de los normalistas en el mismo estado decapitan a once personas, si vemos cifras y descubrimos que en el Estado de México los feminicidios van en aumento y varios cuerpos mutilados de mujeres son arrojados a un canal del desagüe, si una mujer a quien le secuestraron a un familiar es ultimada a balazos pocos meses después de que los secuestradores fueron dejados en libertad, si hay gente capaz de secuestrar a una muchacha de diecinueve años y abandonar su cadáver con el rostro desollado, si matan de un disparo en la cabeza a una joven con altas calificaciones de la Facultad de Química y dejan su cuerpo en el Ajusco porque su familia no pudo pagar el rescate.

Corrupción y violencia van de la mano. Si no se les combate la elemental reacción del tejido social que no está enfermo es reaccionar. Y esto no se acaba ni con retórica ni con más violencia, sino trabajando estrecha, oportuna y eficientemente con la sociedad. Con ética pública.

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